Absoluta Realidad del Ser

El ego piensa en términos de relaciones y por lo tanto contextualiza una relación entre dos seres separados. El niño en la estructura del ego espera que Dios sea como el súper pariente idealizado. Con esta representación, sin embargo, surgen inconvenientes, como el miedo al descontento del padre.

En contraste a las percepciones del ego de Dios, la Absoluta Realidad del Ser es la manifestación de Dios como auténtico núcleo de la propia existencia. El Amor de la Presencia es ultra personal y experimentado como infinita paz, infinita seguridad, y la seguridad eterna, de modo que no haya ningún “final” imaginario al que temer. El Dios de la presencia infunde la alegría de la culminación. El Amor no es una “cualidad” de Dios sino la esencia profunda misma de Dios. No hay sensación de “lo otro” en la Presencia. Dios es la Realidad todo-abarcante del presente sin fin. No hay “otro” al que temer o satisfacer.

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Por analogía, el sol no juega al escondite cuando las nubes de las creencias del ego son apartadas. Se descubre que el sol ha estado brillando siempre. Su luz y calor irradian porque es innato al sol, su esencia intrínseca y cualidad. A diferencia del Terrestre, la solaridad de Dios es permanente. Para lo infinito, las idas y venidas del universos no tienen significado. Aquello que es la Fuente de Vida y del universo no está sujeto a él. La gloria de Dios no tiene requisitos.

La consciencia de Dios es oscurecida por el cinismo, el escepticismo, la precaución racional, el negativismo, o incluso la ignorancia. El motivo subyacente a menudo revela la respuesta. Al ego no gusta que desafíen su visión del mundo o que sea cuestionada. Protege su paradigma de la realidad con el miedo. Puede sentirse amenazado por la información contradictoria y llegar a defenderse porque esta le hace percibirse “equivocado”. Tampoco le gusta tomar la responsabilidad de sus opiniones porque eso implica que son mantenidas por elección.

El conflicto puede plantearse por la religión o los grupos afines, o por las tradiciones étnicas o familiares, pero la lealtad del buscador espiritual de buena fe es solamente a Dios. La duda también puede ser una señal sana de que uno está en el lugar incorrecto, hablando espiritualmente. Cuando el principiante madura espiritualmente, el discernimiento puede alertar de una señal de peligro. En caso de duda, opta siempre por “parar”. A uno también puede quedársele pequeño el actual grupo o enseñanza; entonces es hora de seguir adelante.

David R. Hawkins: Yo, Realidad y Subjetividad, cap. 1