Alcanzar el objetivo

Hemos dicho que los medios para alcanzar el objetivo del Espíritu Santo emanarán de la misma Fuente de donde procede Su propósito. En vista de lo simple y directo que es este curso, no hay nada en él que no sea consis­tente. Las aparentes inconsistencias, o las partes que te resultan más difíciles de entender, apuntan meramente a aquellas áreas donde todavía hay discrepancias entre los medios y el fin. Y esto produce un gran desasosiego. Mas esto no tiene porqué ser así. Este curso apenas requiere nada de ti. Es imposible imaginarse algo que pida tan poco o que pueda ofrecer más.

 

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El período de desasosiego que sigue al cambio súbito que se produce en una relación cuando su propósito pasa a ser la santidad en lugar del pecado, tal vez esté llegando a su fin. En la medida en que todavía experimentes desasosiego, en esa misma medida estarás negándote a poner los medios en manos de Aquel que cambió el propósito de la relación. Reconoces que deseas alcanzar el objetivo. ¿Cómo no ibas a estar entonces igualmente dispuesto a aceptar los medios? Si no lo estás, admitamos que eres tú el que no es consistente. Todo objetivo se logra a través de ciertos medios, y si deseas lograr un objetivo tienes que estar igualmente dispuesto a desear los medios. ¿Cómo podría uno ser sincero y decir: «Deseo esto por encima de todo lo demás, pero no quiero aprender cuáles son los medios necesarios para lograrlo?»

Para alcanzar el objetivo, el Espíritu Santo pide en verdad muy poco. Y pide igualmente poco para proporcionar los medios. Los medios son secundarios con respecto al objetivo. Cuando dudas, es porque el propósito te atemoriza, no los medios. Recuerda esto, pues, de lo contrario, cometerás el error de creer que los medios son difíciles. Sin embargo, ¿cómo van a ser difíciles cuan­do son algo que simplemente se te proporciona? Los medios ga­rantizan el objetivo y concuerdan perfectamente con él. Antes de que los examinemos más detenidamente, recuerda que si piensas que son imposibles, tu deseo de lograr el objetivo se ve menosca­bado. Pues si es posible alcanzar un objetivo, los medios para lograrlo tienen que ser posibles también.

Es imposible ver a tu hermano libre de pecado y al mismo tiempo verlo como si fuese un cuerpo. ¿No es esto perfectamente consistente con el objetivo de la santidad? Pues la santidad es simplemente el resultado de dejar que se nos libere de todos los efectos del pecado, de modo que podamos reconocer lo que siem­pre ha sido verdad. Es imposible ver un cuerpo libre de pecado, pues la santidad es algo positivo y el cuerpo es simplemente neu­tral. No es pecaminoso, pero tampoco es impecable. Y como realmente no es nada, no se le puede revestir significativamente con los atributos de Cristo o del ego. Tanto una cosa como la otra sería un error, pues en, ambos casos se le estarían adjudicando atributos a algo que no los puede poseer. Y ambos errores tendrían que ser corregidos en aras de la verdad.

El cuerpo es el medio a través del cual el ego trata de hacer que la relación no santa parezca real. El instante no santo es el tiempo de los cuerpos. Y su propósito aquí es el pecado. Mas éste no se puede alcanzar salvo en fantasías, y, por lo tanto, la ilusión de que un hermano es un cuerpo está en perfecta consonancia con el propósito de lo que no es santo. Debido a esta correspon­dencia, los medios no se ponen en duda mientras se siga atribuyendo valor a la finalidad. La visión se amolda a lo que se desea, pues la visión siempre sigue al deseo. Y si lo que ves es el cuerpo, es que has optado por los juicios en vez de por la visión. Pues la visión, al igual que las relaciones, no admite grados. O ves o no, ves.

Todo aquel que ve el cuerpo de un hermano ha juzgado a su hermano y no lo ve. No es que realmente lo vea como un peca­dor, es que sencillamente no lo ve. En la penumbra del pecado su hermano es invisible. Ahí sólo puede ser imaginado, y es ahí donde las fantasías que tienes acerca de él no se comparan con su realidad. Ahí es donde las ilusiones se mantienen separadas de la realidad. Ahí las ilusiones nunca se llevan ante la verdad y siempre se mantienen ocultas de ella. Y ahí, en la oscuridad, es donde te imaginas que la realidad de tu hermano es un cuerpo, el cual ha entablado relaciones no santas con otros cuerpos y sirve a la causa del pecado por un instante antes de morir.

Existe ciertamente una clara diferencia entre este vano imagi­nar y la visión. La diferencia no estriba en ellos, sino en su pro­pósito. Ambos son únicamente medios, y cada uno de ellos es adecuado para el fin para el que se emplea. Ninguno de los dos puede servir para el propósito del otro, pues cada uno de ellos es en sí la elección de un propósito, empleado para propiciarlo. Cada uno de ellos carece de sentido, sin el fin para el que fue concebido, y, aparte de su propósito, no tiene valor propio. Los medios parecen reales debido al valor que se le adjudica al obje­tivo. Y los juicios carecen de valor a menos que el objetivo sea el pecado.

El cuerpo no se puede ver, excepto a través de juicios. Ver el cuerpo es señal de que te falta visión y de que has negado los medios que el Espíritu Santo te ofrece para que sirvas a Su pro­pósito. ¿Cómo podría lograr su objetivo una relación santa si se vale de los medios del pecado? Tú te enseñaste a ti mismo a juzgar; mas tener visión es algo que se aprende de Aquel que quiere anular lo que has aprendido. Su visión no puede ver el cuerpo porque no puede ver el pecado. Y de esta manera, te conduce a la realidad. Tu santo hermano –a quien verlo de este modo supone tu liberación– no es una ilusión. No intentes verlo en la oscuridad, pues lo que te imagines acerca de él parecerá real en ella. Cerraste los ojos para excluirlo. Tal fue tu propó­sito, y mientras ese propósito parezca tener sentido, los medios para su consecución se considerarán dignos de ser vistos, y, por lo tanto, no verás.

Tu pregunta no debería ser: «¿Cómo puedo ver a mi hermano sin su cuerpo?» sino, «¿Deseo realmente verlo como alguien incapaz de pecar?» Y al preguntar esto, no te olvides de que en el hecho de que él es incapaz de pecar radica tu liberación del miedo. La salvación es la meta del Espíritu Santo. El medio es la visión. Pues lo que contemplan los que ven está libre de pecado. Nadie que ama puede juzgar, y, por lo tanto, lo que ve está libre de toda condena. Y lo que él ve no es obra suya, sino que le fue dado para que lo viese, tal como se le dio la visión que le permi­tió ver.

UCDM: cap. 20-VII