Buscar y hallar

Buscar y hallar

El ego está seguro de que el amor es peligroso, y ésta es siem­pre su enseñanza principal. Nunca lo expresa de este modo. Al contrario, todo el que cree que el ego es la salvación parece estar profundamente inmerso en la búsqueda del amor. El ego, sin embargo, aunque alienta con gran insistencia la búsqueda del amor, pone una condición: que no se encuentre. Sus dictados, por lo tanto, pueden resumirse simplemente de esta manera: «Busca, pero no halles». Esta es la única promesa que el ego te hace y la única que cumplirá. Pues el ego persigue su objetivo con fanática insistencia, y su juicio, aunque seriamente menoscabado, es completamente coherente.

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La búsqueda que el ego emprende está, por lo tanto, condenada al fracaso. Y como también te enseña que él es tu identidad, su consejo te embarca en una jornada que siempre acaba en una per­cepción de auto-derrota. Pues el ego es incapaz de amar, y, en su frenética búsqueda de amor, anda en pos de lo que teme encon­trar. La búsqueda es inevitable porque el ego es parte de tu mente, y, debido a su origen, él no está totalmente dividido, pues, de lo contrario, carecería por completo de credibilidad. Tu mente es la que cree en él y la que le otorga existencia. Sin embargo, es también tu mente la que tiene el poder de negar su existencia, y eso es sin duda lo que harás cuando te des cuenta exactamente de la clase de jornada en la que el ego te embarca.

Es sin duda obvio que nadie quiere encontrar lo que le derrota­ría por completo. El ego, al ser incapaz de amar, se sentiría total­mente perdido en presencia del amor, pues no podría responder en absoluto. Tendrías entonces que abandonar su dirección, puesto que sería evidente que no te puede enseñar la respuesta que necesitas. El ego, por lo tanto, distorsionará el amor, y te enseñará que él te puede proveer las respuestas que el amor en realidad evoca. Si sigues sus enseñanzas, pues, irás en busca de amor, pero serás incapaz de reconocerlo.

¿No te das cuenta de que el ego sólo puede embarcarte en una jornada que únicamente puede conducirte a una sensación de futilidad y depresión? Buscar y no hallar no puede ser una activi­dad que brinde felicidad. ¿Es ésta la promesa que quieres seguir manteniendo? El Espíritu Santo te ofrece otra promesa, la cual te conduce a la dicha. Pues Supromesa es siempre: «Busca y halla­rás», y bajo Su dirección no podrás fracasar. La jornada en la que el Espíritu Santo es tu Guía es la jornada que te conduce al triunfo, y el objetivo que pone ante ti, Él Mismo lo consumará. Pues Él nunca engañará al Hijo de Dios a quien ama con el Amor del Padre.

No podrás por menos que buscar, ya que en este mundo no te sientes a gusto. Y buscarás tu hogar tanto si sabes dónde se encuentra como si no. Si crees que se encuentra fuera de ti, la búsqueda será en vano, pues lo estarás buscando dónde no está. No recuerdas cómo buscar dentro de ti porque no crees que tu hogar estéahí. Pero el Espíritu Santo lo recuerda por ti y te guiará a tu hogar porque ésa es Su misión. A medida que Él cumpla Su misión te enseñará a cumplir la tuya, pues tu misión es la misma que la Suya. Al guiar a tus hermanos hasta su hogar estarás siguiéndolo a Él.

Contempla el Guía que tu Padre te ha dado, para que puedas aprender que posees vida eterna, pues la muerte no es la Volun­tad de tu Padre ni la tuya, y todo lo que es verdad es la Voluntad del Padre. La vida no te cuesta nada, pues se te dio, pero por la muerte tienes ciertamente que pagar, y pagar un precio exorbitante. Si la muerte es tu tesoro, venderás todo lo demás para comprarla. Y creerás haberla adquirido, al haber vendido todo lo demás. No obstante, no puedes vender el Reino de los Cielos. Tuherencia no se puede comprar ni vender. Ninguna parte de la Filiación puede quedar desheredada, pues Dios goza de pleni­tud y todas sus extensiones son como Él.

La Expiación no es el precio de tu plenitud; es, no obstante, el precio de ser consciente de tu plenitud. Lo que decidiste «ven­der» tuvo que ser salvaguardado para ti, ya que no lo habrías podido volver a «comprar». Aun así, tienes que invertir en ello, no con dinero sino con espíritu. Porque el espíritu es voluntad, y la voluntad es el «precio» del Reino. Tu herencia aguarda única­mente tu reconocimiento de que has sido redimido. El Espíritu Santo te guía hacia la vida: eterna, pero tienes que abandonar tu interés por la muerte, o, de lo contrario, no podrás ver la vida aunque te rodea por todas partes.

UCDM 1: cap. 12-IV