Conciencia divina

Conciencia divina

Estamos formados de belleza y de luz. Desde el gran silencio del cielo, la conciencia divina mira su creación en un estado de éxtasis permanente. La luz baja de su ser inmenso y juega en la parcela más pequeña del universo.

El amor y la belleza son nuestro privilegio, como el éxta­sis es el gozo total de este Universo.

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Nos perdemos en caminos sin salida mientras que la luz está ahí, presente. Todo esto está ahí. Basta con querer abrir nuestros ojos y aceptar ver, abrir nuestras orejas y aceptar escuchar.

Sí, escuchar verdaderamente el silencio de la noche y la canción del día; escuchar el corazón del Universo que late en el seno de cada una de sus manifestaciones. Escuchar, aten­der, ser receptivos al canto de la tierra y del ciclo, escuchar.

Cesar de correr de un lado para otro en el espacio o en el tiempo. Cesar de buscar, cesar de resistir. Cesar, no físicamente sino interiormente.

Y en esta inmovilidad, esta apertura y este silencio, nues­tro ser explota en la luz, como el cosmos ha explotado hace millones de años en una multitud de galaxias, una explosión de vida, de energía, de creación.

Y, sin haber hecho nada, entonces podemos participar en la fiesta, en la celebración de la creación del Universo en la gran risa de Dios.

La vida no es verdaderamente lo que pensamos. Que las puertas se abran y que el camino nos sea mostrado para salir de nuestra gran ilusión. Que nuestra perfección y la del Uni­verso nos sean reveladas.

El Universo es perfecto.

Annie Marquier: El Poder de Elegir, epílogo