Conocimiento espiritual

La ruta que sigue la información novedosa es bastante diferente en el caso del espíritu y en el caso de la mente. El ego/mente tiene un estilo inquisitivo y agresivo. Se aferra a los datos e intenta incorporarlos y controlarlos. Los categoriza, los califica, los evalúa, los clasifica, los archiva, los juzga y, luego, los colorea con sentimientos y significados abstractos en un intento por asimilarlos. También se tasan todos los datos novedosos en cuanto a su potencial utilidad o valor ventajoso. La mente es también codiciosa, y tiene un hambre voraz por “conseguir” algo. La gente obliga a su mente a que se concentre, aprenda, memorice, acumule y domine volúmenes enormes de información, con tantos detalles como sea posible, inclusive con sofisticados análisis estadísticos y manipulaciones informáticas. Y se cree que todos estos datos estarán aún mejor si se pueden representar gráficamente y presentar de forma atractiva.

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Si nos fijamos bien, veremos que todo lo expuesto arriba supone una actuación impresionante, y mucho más si uno observa que todo ese procesamiento, complicado y de múltiples facetas, tiene lugar en una fracción de segundo. No solo está el instante de procesamiento en curso, sino que también, simultáneamente, la mente está comparando esta fracción de segundo con cada una de las demás fracciones de segundo similares, contrastándolo todo y comparándolo todo a través del archivo temporal de la memoria. En otras palabras, esta cebra se compara mentalmente con cualquier otra cebra de la que uno haya leído algo, de la que haya oído hablar, haya visto en televisión o haya bromeado sobre ella, e inclusive con la teoría evolutiva del camuflaje, etc. La mente suele hacer todas estas operaciones, complicadas y multifactoriales, de forma automática, como resultado de su propia naturaleza.

Mediante selección, uno puede elegir entre distintas opciones Para explorarlas por partes. Aunque las posibles funciones son numerosas, no son ilimitadas. En resumen, la mente ve la verdad o la iluminación como algo nuevo que hay que adquirir o alcanzar. En el mejor de los casos, es un destino al que hay que llegar a través del esfuerzo. Todo este empeño se basa en la suposición de que las funciones de la mente sirven como modelo de aprendizaje, y que sus procesos han de ser aplicados simplemente desde el pasado hasta este novedoso asunto en el reino de la dualidad donde, supuestamente, será igualmente fácil. Así, supone que la aplicabilidad de aquello que ha desarrollado en su manejo de la dualidad es útil en la búsqueda de la no dualidad. Sin embargo, este no es el caso; de hecho, es todo lo contrario de lo que se ha llegado a ver como método de ensayo-error, método fiable para hacer progresos, que se convierte ahora en el verdadero obstáculo para el descubrimiento.

Mientras que el funcionamiento mental ordinario se podría tipificar como un constante esfuerzo por “conseguir” algo, la realización espiritual tiene lugar sin ningún esfuerzo, pues es pasiva y espontánea. Se recibe más que se consigue. Por analogía, cuando el sonido se detiene, el silencio se revela por sí solo. No se puede conseguir mediante el esfuerzo y el empeño. Con la mente, uno puede controlar, pero con la revelación, no hay ningún control en absoluto. No hay control posible donde no hay nada que controlar y donde no hay ningún medio para aplicar el control, si es que eso fuera posible. Lo que no tiene forma no puede ser manipulado.

La mejor manera de describir la conciencia iluminada es como un estado o una condición, una esfera o dimensión. Se revela por si sola y se impone a todo. Eclipsa y desplaza a la mente, que se hace innecesaria y que, de hecho, no haría más que interferir y entrometerse. La revelación es sutil, poderosa, suave, amable, exquisita y omniabarcante. Los sentidos quedan aparte y desaparece toda percepción de “esto” o “aquello”. También se hace evidente que el contenido total de la revelación ha estado ahí siempre y que, simplemente, no se había caído en la cuenta de ello, no se había experimentado. La visión de lo que “Es” en su totalidad se “Conoce” enteramente debido a que el Yo ya es “Todo lo que es”. La identidad le confiere autoridad absoluta de conocimiento. El observador, lo que se observa y el proceso de la observación son, todos ellos, idénticos.

La mente, sobrecogida ante la revelación, guarda silencio y se queda sin palabras ante la maravilla. Su silencio trae una paz y un alivio profundos. Lo que en otro tiempo se valoraba se ve ahora como un fastidio y una molesta distracción. La gente, sus pensamientos y sus palabras son como cajas laríngeas conectadas con distintos campos de energía. Las bocas y las mentes parlotean las formas de pensamiento que predominan en cualquier nivel de consciencia dado. Y mientras esto ocurre, la mente de las personas afirma su autoría y añade el prefijo “mío” al pensamiento. El contenido refleja el concepto de sí de la persona que está hablando. Hay un campo de energía de amor invisible y omniabarcante que lo envuelve todo. Ahí reside el yo superior o espíritu a través del cual las personas, en sus diversos grados de consciencia, contactan con la conciencia o, por desgracia, no tienen conexión alguna. Si la persona no se identifica en absoluto con el Yo, puede tenerle miedo al amor o, incluso, puede sentirse repelida por él, por verlo extraño y amenazador. Todo recordatorio del amor, toda referencia a Dios ha de ser extirpada de la conciencia o del reconocimiento público. Esto es algo intrínseco al éxito del totalitarismo o de las dictaduras militares, donde solo el “amor” por el dictador es permisible. En nuestra sociedad, existen fuerzas donde cualquier referencia a Dios se ve como “políticamente incorrecta”.

En el verdadero esfuerzo espiritual, no es necesario ni se espera ningún sacrificio verdadero. En la terminología ordinaria, sacrificio significa perdida o, incluso, perdida dolorosa. El verdadero sacrificio es realmente renunciar a lo menor para alcanzar lo mayor, y es una recompensa en sí misma, en lugar de una merma. La “renuncia” dolorosa y reluctante no es en realidad un sacrificio, sino un intento de comprar un favor religioso. Con Dios, no hay compras, ni ventas, ni sacrificios, ni ganancias, ni favores, ni perdidas.

En la esfera de lo divino, no hay derechos que exhibir ni proclamar. El mundo de lo correcto y lo erróneo y de los derechos políticos son invenciones del ego que se utilizan como artículos de cambio en el tablero de juego de la vida. Todos ellos se basan en una búsqueda de ventajas y de ganancias. En la Realidad de la no dualidad, no hay privilegios, ni ganancias, ni perdidas, ni rangos. Al igual que un corcho en el mar, cada espíritu se eleva o se hunde en el mar de la consciencia hasta su propio nivel en virtud de sus propias elecciones, y no por ninguna fuerza o favor externos. Unos son atraídos por la luz y otros buscan la oscuridad, pero todo ocurre por su propia naturaleza, en virtud de la libertad y la igualdad divina.

En un universo completamente integrado, nada accidental es posible en ninguno de sus niveles. Un “acontecimiento”, para ser verdaderamente accidental, tendría que suceder completamente fuera del universo, lo cual, por simple observación, es imposible. El caos es solo un concepto perceptivo. En realidad, el caos no es posible. Todo en el todo, la mente de Dios es el patrón de atracción definitivo que gobierna la totalidad de “Todo lo que es”, hasta la pizca más pequeña.

David R.hawkins, cap. 17