Después de la iluminación

 

Después de la iluminación

El estado interior se parece al sueño en que hay silencio, paz y tranquilidad. No hay volición, ni movimiento, ni forma. No hay pensamientos ni actividad mental.

Hace falta voluntad y energía para concentrar la atención desde la informalidad del Yo hasta el procesamiento de la información. La consciencia, en sus estados superiores, simplemente toma nota de la interacción de las esencias, las presencias y las trascendencias que el mundo sostiene predominantemente. Para prestar atención al detalle y a la forma hace falta más energía, y esta se consigue únicamente mediante un acto de voluntad que surge en respuesta al valor de la vida. Lo que queda de lo que el mundo consideraría el yo personal es una sombra de la antigua persona, pero no tiene deseos, anhelos ni necesidades. No desea controlar los acontecimientos, ni las circunstancias, ni a las personas. No carece de nada dentro de sí mismo; por tanto, no busca ganancias, dado que todo está completo en todo momento. Ni siquiera existe el deseo de continuidad. No hay nada que uno necesite o quiera experimentar.

 

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La Presencia es plenamente satisfactoria y, dado que uno ya es el Todo, no queda nada que desear, ya que no hay separación. No hay futuro que anticipar. No existe interés alguno en adquirir nada ni en lo físico. Comer o mantener el organismo es algo que surge, principalmente, del interés que se toman los demás en el mundo, cuyo amor sustenta el curso de lo físico. Hay una demora en el procesamiento de la palabra, de los acontecimientos o de los detalles de la forma en un nivel que es más informe y significativo. La traducción la realiza un aspecto del Yo llamado el Espíritu Santo, que sustituye a lo que anteriormente era volición, selección o actividades mentales. El Espíritu Santo se activa, al parecer, como resultado de la volición y de la voluntad que se relacionan con la elección.

El foco central del ego al cual se renuncio fue sustituido por la presencia del Espíritu Santo, de efectos más penetrantes y poderosos, y que, sin ningún esfuerzo, orquesta simultaneidad y sincronicidad, al tiempo que diferencia automáticamente lo irrelevante de lo relevante, porque interactúa únicamente con la Realidad. Así, lo que parece ser un milagro no es más que la acción del Espíritu Santo diferenciando lo falso de lo verdadero de tal modo que lo que parecía ser imperfección se revela como perfección. Para el ego, que trata con la causalidad, tales sucesos son ilógicos o imposibles, pero para el Espíritu, esta cualidad es automática e inherente a la Realidad.

El ego, tal como lo conocemos, dispone de gran cantidad de operaciones complejas. Imagina que hay un “yo” por detrás de todas estas operaciones cuando, en realidad, estas operaciones son autónomas y no precisan de un “yo”. La transición principal tiene lugar cuando uno ya no se identifica con estas operaciones y ya no da por supuesto que hay una entidad volitiva e independiente tras ellas.

Esto es fácil de comprender si uno observa las relaciones que mantiene con el cuerpo. Aunque la gente diga vagamente “mi” cuerpo, cuando se refieren a la rodilla, no utilizan el “mi”, aunque si el “mía”. La rodilla es algo físico que opera sin la intervención del pensamiento. Las operaciones del cuerpo son extremadamente complejas, parecidas a las del ego, y tienen lugar de forma autónoma. Cuando uno deja de identificarse tanto con el cuerpo como con la mente, sus funciones prosiguen de forma autónoma, simplemente, sin la identificación como “mi mismo”. El sentido de autoría desaparece. Los mecanismos de supervivencia son autónomos, y la permanencia es una expresión de la consciencia en su alianza con el Espíritu Santo. Las condiciones imperantes están relacionadas con el karma y operan impersonalmente. El karma se convierte entonces en parte de las condiciones impersonales, que están de acuerdo a medida que aparecen.

Por analogía, uno puede disfrutar de una hermosa música sin la reivindicación de autoría del ego como compositor de esa música. El disfrute es espontáneo. Si uno reivindica la autoría de la música, surgirán muchas ansiedades y sentimientos, que tendrán que ver con el sistema de creencias acerca de la perfección, la aprobación, la deseabilidad y la aceptación.

David R. hawkins: El ojo del Yo, cap. 19