Dinámica del ego

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Dinámica del ego

Nadie puede escapar de las ilusiones a menos que las examine, pues no examinarlas es la manera de protegerlas. No hay necesi­dad de sentirse amedrentado por ellas, pues no son peligrosas. Estamos listos para examinar más detenidamente el sistema de pensamiento del ego porque juntos disponemos de la lámpara que lo desvanecerá, y, puesto que te has dado cuenta de que no lo deseas, debes estar listo para ello. Mantengámonos muy calma­dos al hacer esto, pues lo único que estamos haciendo es bus­cando honestamente la verdad. La «dinámica» del ego será nuestra lección por algún tiempo, pues debemos primero exami­narla para poder así ver más allá de ella, ya que le has otorgado realidad. Juntos desvaneceremos calmadamente este error, y después miraremos más allá de él hacia la verdad.

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¿Qué es la curación sino el acto de despejar todo lo que obstacu­liza el conocimiento? ¿Y de qué otra manera puede uno disipar las ilusiones, excepto examinándolas directamente sin proteger­las? No tengas miedo, por lo tanto, pues lo que estarás viendo es la fuente del miedo, y estás comenzando a darte cuenta de que el miedo no es real. Te das cuenta también de que sus efectos se pueden desvanecer sólo con que niegues su realidad. El siguiente paso es, obviamente, reconocer que lo que no tiene efectos no existe. Ninguna ley opera en el vacío, y lo que no lleva a ninguna parte no ha ocurrido. Si la realidad se reconoce por su extensión, lo que no conduce a ninguna parte no puede ser real. No tengas miedo de mirar al miedo, pues no puede ser visto. La claridad, por definición, desvanece la confusión, y cuando se mira a la oscuridad a través de la luz, ésta no puede por menos que disiparla.

Comencemos esta lección acerca de la «dinámica del ego» dán­donos cuenta de que la expresión en sí no significa nada. Dicha expresión encierra una contradicción intrínseca que la priva de todo sentido. «Dinámica» implica el poder para hacer algo, y toda la falacia de la separación radica en la creencia de que el ego tiene el poder de hacer algo. Tienes miedo del ego porque crees eso. No obstante, la verdad es muy simple:

– Todo poder es de Dios.

– Lo que no procede de Él no tiene el poder de hacer nada.

Cuando observamos al ego, por lo tanto, no estamos exami­nando ninguna dinámica, sino tan sólo ilusiones. Puedes cierta­mente examinar un sistema ilusorio sin miedo, pues si su origen no es real no puede tener efectos. El miedo se vuelve claramente más impropio si reconoces el objetivo del ego, el cual está tan obviamente desprovisto de sentido que cualquier esfuerzo en su favor es, por fuerza, inútil. El objetivo del ego es claramente alcanzar su propia autonomía. Desde un principio, pues, su pro­pósito es estar separado, ser auto-suficiente e independiente de cualquier poder que no sea el suyo propio. Por eso es por lo que es el símbolo de la separación.

Toda idea tiene un propósito, y su propósito es siempre el resultado natural de lo que es. Todo lo que procede del ego es lo que resulta naturalmente de su creencia central, y la manera de cancelar sus resultados es reconociendo simplemente que la fuente de éstos no es natural, ya que está en desacuerdo con tu verdadera naturaleza. He dicho anteriormente que ejercer la voluntad en oposición a Dios es querer que los deseos ilusorios se hagan realidad, pero eso no es realmente ejercer la voluntad. Su Voluntad es una porque la extensión de Su Voluntad no puede ser diferente de sí misma. El verdadero conflicto que experimen­tas,por lo tanto, es entre losdeseos vanos del ego y la Voluntad de Dios, que tú compartes con Él. ¿Cómo iba a ser esto un con­flicto real?

Tuya es la independencia de la creación, no la de la autonomía. Tu función creativa radica en tu completa dependencia de Dios, Quien comparte Su función contigo. Al estar dispuesto a compartirla, Él se volvió tan dependiente de ti como tú lo eres de Él. No le adscribas la arrogancia del ego a Aquel cuyaVoluntad no es ser independiente de ti. Él te ha incluido en Su Autonomía. ¿Puedes realmente creer que la autonomía significa algo aparte de Él? La creencia en la autonomía del ego te está costando el conocimiento de tu dependencia de Dios, en la cual reside tu libertad. El ego considera cualquier dependencia como una amenaza, e incluso ha tergiversado tu añoranza de Dios y la ha convertido en un medio para consolidarse a sí mismo. Pero no  te dejes engañar por la interpretación que hace de tu conflicto.

El ego siempre ataca en defensa de la separación. Al creer que tiene el poder de hacer eso no hace otra cosa, ya que su objetivo de autonomía no es otra cosa. El ego está totalmente confundido con respecto a la realidad, pero no pierde de vista su objetivo. Está mucho más alerta que tú porque está completamente seguro de su propósito. Tú estás confundido porque no reconoces el tuyo.

Debes reconocer que lo que menos quiere el ego es que te des cuenta de que le tienes miedo. Pues si el ego pudiese producir miedo, menoscabaría tu independencia y debilitaría tu poder. Sin embargo, su único argumento para que le seas leal es que él puede darte poder. Si no fuera por esta creencia no le escucharías en absoluto. ¿Cómo iba a poder, entonces, seguir existiendo si te die­ses cuenta de que al aceptarlo te estás empequeñeciendo y priván­dote a ti mismo de poder?

El ego puede permitirte, y de hecho lo hace, que te consideres altanero, incrédulo, frívolo, distante, superficial, insensible, des­pegado e incluso desesperado, pero no permite que te des cuenta de que realmente tienes miedo. Minimizar el miedo, pero no deshacerlo, es el empeño constante del ego, y es una capacidad para la cual demuestra ciertamente gran ingenio. ¿Cómo iba a poder predicar separación a menos que la reforzase con miedo?, y, ¿seguirías escuchándole si reconocieses que eso es lo que está haciendo?

La más seria amenaza para el ego es, pues, que te des cuenta de que cualquier cosa que parezca separarte de Dios es única­mente miedo, sea cual sea la forma en que se manifieste e inde­pendientemente de cómo el ego desee que lo experimentes: Su sueño de autonomía se estremece hasta su raíz cuando cobras conciencia de esto. Pues si bien puedes tolerar una falsa idea de independencia, no aceptarías el costo en miedo que ello supone una vez que lo reconocieses. Peroése es su costo, y el ego no puede reducirlo. Si pasas por alto el amor estás pasándote por alto a ti mismo, y no podrás sino tener miedo de la irrealidad porque te habrás negado a ti mismo. Al creer que tu ataque contra la verdad ha tenido éxito, creerás que el ataque tiene poder. Dicho llanamente, pues, te has vuelto temeroso de ti mismo. Y nadie quiere encontrar lo que cree que le destruiría.

Si se pudiese lograr el objetivo de autonomía del ego, el propó­sito de Dios podría ser truncado, y eso es imposible. Solamente aprendiendo lo que es el miedo puedes por fin aprender a distin­guir lo posible de lo imposible y lo falso de lo verdadero. De acuerdo con las enseñanzas del ego, su objetivo se puede lograr, pero el propósito de Dios no. De acuerdo con las enseñanzas del Espíritu Santo, únicamente el propósito de Dios se puede lograr, y ya se ha logrado.

Dios depende de ti tanto como tú de Él porque Su Autonomía incluye la tuya, y, por lo tanto, está incompleta sin ella. Sólo puedes establecer tu autonomía identificándote con Él y llevando a cabo tu función tal como es en verdad. El ego cree que alcanzar su objetivo es la felicidad. Pero te ha sido dado conocer que la función de Dios es la tuya y que la felicidad no se puede encon­trar aparte de vuestra Voluntad conjunta. Reconoce únicamente que el objetivo del ego, que tan diligentemente has perseguido, no te ha aportado más que miedo, y se hará muy difícil mantener que el miedo es felicidad. Respaldado por el miedo, esto es lo que el ego quiere que creas. Pero el Hijo de Dios no está loco y no lo puede creer. De reconocer esto, no lo aceptaría, pues sólo un loco elegiría el miedo en lugar del amor, y sólo un loco podría creer que atacando es cómo se alcanza el amor. Pero el que ha sanado se da cuenta de que sólo el ataque, del que el Amor de Dios le protege completamente, puede producir miedo.

El ego analiza, el Espíritu Santo acepta. Sólo por medio de la aceptación se puede llegar a apreciar la plenitud, pues analizar significa fragmentar o separar. Tratar de entender la totalidad fragmentándola es, claramente el enfoque típicamente contradic­torio que el ego utiliza para todo. El ego cree que el poder, el entendimiento y la verdad radican en la separación, y que para establecer esta creencia tiene que atacar. Al no darse cuenta de que es imposible establecer esa creencia, y obsesionado por la convicción de que la separación es la salvación, el ego ataca todo lo que percibe, desmenuzándolo en partes pequeñas y desconectadas sin ninguna relación significativa entre sí, y desprovistas, por lo tanto, de todo significado. El ego siempre substituirá lo que tiene significado por el caos, pues si la separación es la salva­ción, la armonía es una amenaza.

Las interpretaciones que el ego hace de las leyes de la percep­ción son, y no pueden sino ser, exactamente las opuestas a las del Espíritu Santo. El ego se concentra en el error y pasa por alto la verdad. Hace que todos los errores que percibe sean reales, y concluye –utilizando su razonamiento típicamente circular– que la idea de una verdad consistente no tiene sentido por razón de los errores. El siguiente paso, entonces, es obvio. Si la idea de una verdad consistente no tiene sentido, la inconsistencia tiene que ser verdad. Teniendo muy presente el error, y, protegiendo lo que ha hecho real, el ego procede al siguiente paso en su sis­tema de pensamiento: el error es real y la verdad es un error.

El ego no trata de comprender esto, lo cual es obviamente incomprensible, pero trata por todos los medios de demostrarlo y eso es lo que hace constantemente. Valiéndose del análisis para atacar el significado, el ego logra pasarlo por alto, y lo que le queda es una serie de percepciones fragmentadas que él unifica en beneficio propio. Esto se convierte, entonces en el universo que percibe. Y es este universo lo que a su vez se convierte en la  demostración de su propia realidad.

No subestimes el poder de atracción que las demostraciones del ego ejercen sobre aquellos que están dispuestos a escucharle. La percepción selectiva escoge sus testigos cuidadosamente, y el testimonio de esos testigos es, congruente. Los argumentos en favor de la locura son convincentes para los locos, pues todo razonamiento concluye allí donde comienza, y no hay sistema de pensamiento que pueda trascender su propia fuente. Aun así, el razonamiento que carece de sentido no puede demostrar nada, y aquellos a quienes convence no pueden sino estar engañados. ¿Cómo iba a poder enseñar verdaderamente el ego, cuando pasa por alto la verdad? ¿Cómo iba a poder percibir lo que ha negado? Sus testigos dan testimonio de su negación, pero no de lo que ha negado. El ego mira de frente al Padre y no lo ve, pues ha negado a Su Hijo.

¿Te gustaría recordar al Padre? Acepta a Su Hijo y lo recorda­rás. No hay nada que pueda demostrar que Su Hijo es indigno, pues no hay nada que pueda probar que una mentira es verdad. Lo que ves en Su Hijo a través de los ojos del ego es una demostración de que Su Hijo no existe. Sin embargo, dondequiera que el Hijo esté allí tiene que estar el Padre. Acepta loque Dios no niega, y ello te demostrará su verdad. Los testigos de Dios se alzan en Su Luz y, contemplan lo que Él creó. Su silencio es la señal de que han contemplado al Hijo de Dios, y en la Presencia de Cristo no tienen que demostrar nada, pues Cristo les habla de Sí Mismo y de Su Padre. Guardan  silencio porque Cristo les habla, y son Sus palabras las que brotan de sus labios.

Cada hermano con quien te encuentras se convierte en un tes­tigo de Cristo o del ego, dependiendo de lo que percibas en él. Todo el mundo te convence de lo que quieres percibir y de la realidad del reino en favor del cual has decidido mantenerte alerta. Todo lo que percibes da testimonio del sistema de pensa­miento que quieres que sea verdadero. Cada uno de tus herma­nos tiene el poderde liberarte si tú decides ser libre. No puedes aceptar falsos testimonios acerca de un hermano a menos que hayas convocado falsos testigos contra él. Si no te habla de Cristo, es que tú no le hablaste de Cristo a él. No oyes más  que tu propia voz, y si Cristo habla a través de ti, le oirás.

UCDM 1, cap. 11-V