Dios no actúa contra nada ni contra nadie

Dios no actúa contra nada ni contra nadie

Entre el hombre y Dios hay una jerarquía de niveles y campos de energía espiritual de poder creciente. Se les intuye y se habla de ellos como del Espíritu Santo, el yo superior, la gracia de Dios, los ángeles, los arcángeles y los cielos. Los niveles de consciencia que hay más allá del 1000, a través de la jerarquía espiritual, constituyen un poder que se encuentra más allá de la capacidad imaginativa humana.

El contacto con un arcángel es tan poderoso y devastador, que el ego se queda como paralizado y aturdido a la vez que guarda silencio. El poder es absoluto y total. (El poder de un arcángel se calibra en millones.) Si la vida continua en la forma de un cuerpo físico, le puede llevar años volver a funcionar según términos del mundo.

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Así pues, cada existencia es una consecuencia de la Presencia, y dispone de la capacidad para realizar su destino. La fuerza para  sustentar y sobrevivir a la experiencia de la iluminación la proporciona el Espíritu Santo, con una energía poderosa que da sustento durante el resto de los años de vida destinados. Es por mediación del Espíritu Santo que vuelven a su función las facultades necesarias, pero estas quedan transformadas para siempre. Ni siquiera se puede hablar de la “experiencia” en si durante muchos años. No hay nadie a quien contárselo ni nada que contar. No hay quien hable, ni quien decida hablar. La Presencia es la que dirige e impulsa la vida. Ha desaparecido para siempre la ilusión de una voluntad independiente y personal, la ilusión de alguien que toma decisiones. Quizá las acciones posteriores constituyan el impulso de una alianza o un compromiso previo. Todo sucede por sí mismo. La vida continua, se actualiza por sí misma y se cumple. No existe un yo personal que haga nada; no hay pensador que piense, ni actor que actúe, ni hacedor que haga, ni nadie que decida. Todos los verbos, adjetivos y pronombres pierden el sentido…

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Dios no manda inundaciones, ni guerras, ni terremotos, ni volcanes, ni tormentas, ni rayos, ni lluvias. Todo esto son efectos impersonales de condiciones del mundo físico y de su universo. Dios no enloquece ni destruye ciudades, civilizaciones o grupos étnicos. Todas estas cosas ya sucedían en el planeta antes de que hubiera sociedades. Dios no se implica en los conflictos humanos ni en luchas políticas o religiosas, tampoco en las guerras. A Dios no le interesan los campos de batalla. Él no tiene enemigos a los cuales haya que matar.

Los infieles, los creyentes y todo lo demás son todos posicionamientos del ego humano. Incluso los seres humanos sensibles están más allá de tales pequeñeces mentales y de sus juicios. A Dios no le “preocupa” que alguien crea en “Él” o no; sin embargo, las consecuencias serían bien diferentes.

El amor gravita hacia el cielo, y el odio se hunde en dirección contraria. La bondad no rechaza a nadie. Lo semejante atrae a lo semejante; el amor atrae amor. Dios no actúa contra nada ni contra nadie. Hay almas que son atraídas por la luz y almas que son atraídas por la oscuridad. La elección proviene del interior del ego, y no se impone desde fuera.

David R. Hawkins: El ojo del Yo, cap. 10