¿Dónde queda el ego?

Hace apenas unos años dirigía todo mi esfuerzo espiritual en apartar el ego de mi vida. Reconocía la parte egoísta o egocéntrica de invade la vida humana como parte intrínseca de una supervivencia básica. El auto-conocimiento personal como preámbulo, me ayudaba a desenmascarar esa parte que no queremos ver y que amparamos siempre con  mil excusas para salvaguardarnos.

“Hay que matar al ego” se me decía. Matar pero…,¿quién mata al ego?, ¿la propia voluntad? Pero la voluntad forma parte del mismo ego, es parte del yo al igual que los pensamientos, sentimientos, entonces…,¿cómo puede el mismo ego destruirse así mismo? Era una batalla perdida antes de empezar, llena de emboscadas y traiciones.

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Fue una época dura pues me exigía mucho y también sufrí lo mío. Me veía dando vueltas y mil vueltas sobre el mismo eje y siempre sobre las mismas bases. Comprendí que estaba perdiendo un tiempo valiosísimo y sentía dentro de mí que algo me empujaba fuertemente a girar la mirada hacia otro ángulo de la visión. Esta sensación era tan fuerte que no tuve otra alternativa  que  dejar los parámetros que entonces regían mi vida. Di un giro de 360º y la visión dejó de tener estructuras y reglas con el miedo y la inseguridad que ello conlleva, para ofrecerme todo el horizonte abierto y dejar fluir  la fuerza viva que pugnaba por hacerse consciente. Sentí la libertad de ser mi propio guía y me arriesgué a poder equivocarme si es que esta idea es real, pues cualquier cosa que a priori parezca error es en esencia parte en la visión de la consciencia. Vemos errores donde hay fracción y separación, cuando la visión es holística los  fragmentos separados adquieren sentido, y entonces encajan unos entre otros produciendo sentido y comprensión más allá de la dualidad a la que estamos acostumbrados.

Sabía que me enfrentaba a la soledad exterior, a ir sin ninguna regla  sobre la que apoyarme y sobre la que ejercer la responsabilidad del proceso. Lo dejé todo, sin miedo y me agarré fuertemente a  la brújula interior que marcaba mi corazón. Rompí con todo lo que olía a “pasado” con promesas de futuros transfigurados o iluminados y me centré en el presente.

Empecé a reconocer que el ego no es malo ni bueno, simplemente es y se comporta según su naturaleza: es una forma ilusoria que cree tener vida propia, nada más.

Entonces percibí que existe “algo” que reconoce todo esto, algo más allá de los pensamientos, sentimientos y por supuesto del ego pero que a la vez los contiene a todos. Es como un gran tapiz sobre el que se inscribe nuestra  realidad.

Percibí que ya no me importaba tanto lo que pudiera ser el ego, ni su muerte ni su resurrección pues mi vida empezaba a sustentarse desde esa otra parte silenciosa pero real que lo abarcaba todo, dentro y fuera de mí.

Un día me sorprendí sintiendo desde lo más profundo la vida de los árboles, del aire, de los mil sonidos. Era Vida. Vivir desde esa otra orilla me hacía sentir la existencia de todo. Todo estaba en mí y yo en todo. No existe la separación. Mi consciencia, así llamo a esta experiencia, está viva en los animales, los árboles, las flores, los insectos, el agua, el aire, en los mil sonidos del verano y en la quietud llena de milagros de un atardecer nevado. Soy todo. No necesito más.

Sé que el Ser o Consciencia de la Presencia es lo que somos en realidad. Que siempre hemos sido “eso”.  Aquello que está más allá de nuestra comprensión común pero que podemos sentir, es la Vida Inteligente que todo permite y de lo que todo está conformado.

Ahora, cada día es un reto y un esfuerzo por mantener esa esencia, por no dejarme llevar por los colores que se perciben desde la antigua  orilla. Y entonces, sentir el amor por todo, me ayuda a no cegarme por los rayos deslumbradores de una falsa realidad.

Encarna Penalba-DESDE MI VENTANA