Dualidad del ego frente al espíritu

 

Dualidad del ego frente al espíritu

Esta es una de las primeras series de opuestos que hay que trascender. Conviene observar los dos conceptos operativamente. En el estado de ser de Uno con el Espíritu, el Yo, gracias a una de sus cualidades innatas, es capaz de conocer en todo momento. En el mundo de la forma, el ego se encuentra en una posición muy difícil para llevar a cabo una actuación instantánea y sin esfuerzo como esa y, con el tiempo, termina por desarrollar una serie de operaciones extremadamente complejas. Se podría decir del ego que es un procesador central o un centro de planificación, el centro integrador y ejecutor estratégico y táctico que orquesta, aborda, clasifica, almacena y recupera los datos. Además, elige entre distintas opciones y evalúa, sopesa, compara y categoría esas opciones. Para ello, precisa de abstracciones, símbolos, jerarquías de significados y valores, priorización y selección.

 

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Esto se logra de forma más eficaz con la adquisición constante de datos y con su realineamiento en estratos modificados de significado e importancia con el fin de efectuar interminables pormenorizaciones y, al mismo tiempo, y por encima de todo, buscar fuentes de placer y supervivencia, evitando aquello que no sea placentero o resulte doloroso. Una actuación tan compleja precisa de un alto grado de educación, formación y desarrollo de herramientas cognitivas y mentales, denominadas inteligencia y lógica.

Otra función predominante del ego es analizar, correlacionar, integrar, sintetizar, memorizar, subordinar, arreglar y desarrollar programas complejos de facultades, habilidades y patrones de comportamiento.

Por detrás de esta deslumbrante actuación se encuentra “el gran Oz”, denominado el “yo”. Pero la existencia de este “yo” está hipotecada, porque la actuación del ego tiene que ver con la forma, e integra todas sus experiencias bajo ese sistema de creencias que llamamos “causalidad”. Por tanto, el gran Oz es el foco central de esta causalidad y, como en la instrucción de una condena, el “yo” se convierte en el sujeto imputado y el “mi” en el objeto imputado de acciones y experiencias.

Dado que el ego trata con formas y definiciones, no puede comprender al Yo, que está más allá de toda forma pero que, sin tal forma, parecería no existir. En la Realidad, no hay sujeto ni objeto; por tanto, no existe relación que explicar. No se necesita la causalidad, lo cual excluye el tiempo y el espacio, o al hacedor frente al experimentador.

El ego esta cautivo en la famosa díada de víctima y verdugo de forma peculiar. En tanto que sujeto, se imputa a sí mismo la causa y, por tanto, el papel de verdugo; si reniega de esta definición, entonces se convierte en objeto y, por tanto, en mártir o víctima. El ego piensa: “Si yo no soy la causa de algo, entonces es que algo me lo está haciendo a mi desde ahí afuera”. Este es el concepto principal en el desarrollo de interacciones sociales de hoy en día, en las cuales se ve a la sociedad como una modificación entre víctima y victimizador.

David Hawkins: El ojo del Yo, cap. 19