Egoísmo

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Egoísmo

Todos los aparentes pares de opuestos son la ilusión de la polaridad que surge de forma automática de un posicionamiento. Lo que determina la naturaleza de un acto es la intención. La intención del egoísmo es de conseguir y ganar, y su objetivo es la supervivencia, mientras que el propósito del desinterés es servir y dar. Al considerar estos motivos en contraste, has de evitar otro posicionamiento, el etiquetar el egoísmo como incorrecto o malo y el altruismo como bueno o correcto. Simplemente representan diferentes grados de la evolución de la conciencia y son alternativas, no opuestos. 4 41 - Egoísmo

El origen del egoísmo se ve en el mundo animal y las funciones perdidas inherentes a la estructura del cerebro-animal residual en el cerebro humano. Ellas se vuelven abiertamente expresadas en los niños pequeños. Es parte del instinto de supervivencia, ese busca la satisfacción de las necesidades y deseos, así como el apetito y los instintos biológicos. Estos instintos se extienden en la vida humana como lo hace en el mundo animal por la comida, el agua, la territorialidad, las fronteras, las posesiones, la pareja, etc. En el adulto, estas se expanden en las adquisiciones, los premios simbólicos, y la búsqueda sin fin del beneficio y las ventajas. En exceso, son definidas como codicia y siendo dirigidas, y ves en conjunto la mentalidad de la manada animal rivalizando por la posición de los “hombres alfa” o “mujeres alfa”.

Desde un punto de vista biológico y psicológico, hay un sano auto-interés que es esencial para la supervivencia y la autoestima, pero se convierte en narcisismo patológico cuando el ego es auto-reflexivo en que todas las acciones son auto-referenciadas. La premisa básica del egoísmo es “yo quiero”. Este deseo puede llegar a convertirse en ansiedad obsesiva y adicción.

A medida que evoluciona la conciencia, como en el niño, se aprende a renunciar a la ilusión infantil de lo que el ego quiere o sus hipotéticos derechos y expectativas que deben cumplirse para poder desarrollarse con éxito. El ego infantil, narcisista se desplaza desde el nivel del bebé y su relación con la madre y descubre que la supervivencia y el éxito dependerá de abandonar el infantilismo y aprender cooperación. A cambio, el ego ahora recibe amor y aprobación por aprender a compartir y ser paciente, y la transición es apoyada por los sistemas de recompensas de la crianza adecuada y responsable. Si ese tipo de crianza de los hijos falta, el infantilismo persiste, junto con los resentimientos concomitantes, la ira y la autocompasión. La madurez significa que uno ha aprendido a encontrar satisfacción de los dominios no-lineales del sentir y el amar. Hay, pues, el descubrimiento de que la felicidad no es una ganancia externa, sino una auto-satisfacción interior, para que en plena madurez, la satisfacción se derive de lo que uno se ha convertido, no de lo que uno tiene o no.

El ego infantil espera ganar al aferrarse y conseguir. Más tarde, se aprende a ganar por la actuación (buenas calificaciones en la escuela, etc.), la productividad y el placer interior que acompaña al cumplimiento de los valores espirituales no-lineales. A medida que avanza, se vuelve más independiente y deja de intentar controlar a los otros.

El egoísta y el egoísmo son muy vulnerables y llevan a la interminable defensa y el deseo de la aprobación y el acuerdo. El ego más maduro se vuelve cada vez más independiente y, finalmente, aprende que la fuente de felicidad y seguridad proviene de su interior. Con este descubrimiento, las metas espirituales tienden a ser cada vez más importantes y la integridad se convierte en el criterio de la felicidad. Esto lleva a la evolución de la conciencia en el que la meta final se vuelve la perfección de la propia relación con Dios.

Aunque, al principio, puede creerse a Dios “sin” la fuente de la vida es al mismo tiempo sentido “en el interior”, y finalmente, la Presencia se revela como el Ser, lo cual trasciende cualquier diferencia entre “interior” y “exterior”, sino que es Todo Presente. El Supremo es simultáneamente inmanente y trascendente.

Podríamos llamar a esta evolución de la conciencia, que sigue los patrones del ego, como el camino del “yo” hacia Dios (en el que el abandono progresivo del núcleo narcisista del ego lleva al descubrimiento de que la verdadera fuente de felicidad, el cumplimiento y la alegría es el Ser). Las muchas expresiones del ego, incluidas su vanidad de ideas, creencias, etc., pueden ser vistas como una expresión de grandiosidad en que se aferra a la insistencia de que sus pensamientos son valiosos y sus posicionamientos son correctos e importantes. El egoísmo es el sustento básico de la vanidad y la ilusión.

David R. Hawkins: Yo, Realidad y Subjetividad, cap. 14

 

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