El amor no es pensamiento

El amor no es pensamiento
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El amor no es pensamiento

La solitud es una cosa y estar solo es otra. La solitud puede ser aislamiento, un escape, una cosa no deseada; pero estar solo, sin las cargas de la vida, con esa libertad total en la que el tiempo/pensamiento jamás ha existido, es ser uno con el universo.

Cualquier especialista, el cirujano, el arzobispo, el cocinero o el plomero, sólo usa una parte de su cerebro, limitando así su actividad total. El político y el gurú emplean sólo una pequeña parte de la extraordinaria capacidad y energía del cerebro. Esta actividad limitada, parcial, está causando estragos en el mundo. Esa pequeña parte del cerebro es la que funciona en todas las religiones cuando repiten sus rituales, sus palabras sin sentido, sus ceremonias de dos mil o cinco mil años de tradición, como han sido programadas. Algunas lo hacen con gracia usando finas vestiduras, y otras con rudeza. Lo mismo sucede en los círculos del gobierno, la corrupción del poder. La pequeña parte puede acumular un gran conocimiento, pero ese mismo conocimiento sólo fortalece una parte del cerebro. El hombre no puede elevarse jamás mediante el conocimiento, porque éste nunca es completo, siempre está dentro de la sombra de la ignorancia.

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El ser humano no ha resuelto ninguno de sus problemas psicológicos, las cuestiones que se han vuelto tan complejas. Parece que ha estado cargándolos consigo desde la más remota antigüedad. Y todavía seguimos cargando estos problemas, problemas de gobierno, religión, relación, violencia, guerras y la contaminación del planeta. Y continuarán siendo insolubles mientras esté funcionando sólo una parte del cerebro, mientras uno esté programado como americano, inglés, francés, etcétera, mientras uno sea católico, hindú, musulmán… Al parecer, somos por completo inconscientes de lo condicionada y programada que está esa pequeña parte del cerebro. Y ello da a esta programación una sensación ilusoria de seguridad, una estructura verbal contra la barbarie. Pero el único bárbaro es el hombre; él mismo es la causa de toda la corrupción y el horror que tienen lugar en el mundo. Él es total y completamente responsable por todo lo que ocurre a su alrededor.

El pensamiento sostiene y nutre la conciencia. El contenido de la conciencia es el movimiento del pensar, que jamás se detiene, los deseos, los conflictos, los temores, la persecución de placeres, la pena, la soledad, el dolor. El amor, la compasión con su incorruptible inteligencia, está más allá de esta conciencia limitada, la que no puede dividirse en superior o inferior, porque lo alto o lo bajo sigue siendo conciencia, siempre ruidosa, siempre parloteando. La conciencia es toda tiempo, medida, espacio, porque nace del pensamiento. El pensamiento no puede, en ninguna circunstancia, ser total; puede especular acerca de lo total y complacerse en su verbalización y en la experiencia que ésta le proporciona, pero el pensamiento no puede jamás percibir la belleza, la inmensidad de lo total.

Porque el pensamiento es el hijo estéril de la experiencia y del conocimiento, el que nunca puede ser completo, total. Por lo tanto, el pensamiento será siempre limitado, fragmentado. Trata vanamente de resolver los problemas que el hombre ha ocasionado al hombre y, de este modo, los perpetúa cada vez más. Sólo cuando se da cuenta de su absoluta incapacidad para resolver psicológicamente los problemas y conflictos que ha originado, la percepción y el discernimiento pueden terminar con ellos.

Jiddu Krishnamurti: Encuentro Con La Vida

 

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