El despertar de la conciencia

 

El despertar de la conciencia

Una parte inevitable del proceso de autodesarrollo es el despertar de la conciencia, y el despertar de la conciencia impedirá cualquier posibilidad de usar nuevos poderes con un objetivo o finalidad malos. Esto debe entenderse definidamente desde el comienzo mismo, porque la conciencia, cuando despierta, no le permitirá a uno que haga algo egoísta o contrario a los intereses de los demás, o perjudicial para alguien: de hecho, nada que consideremos equivocado o malo. Y la conciencia ha de ser despertada, porque con la conciencia sin despertar uno cometerá siempre errores y no verá en uno mismo las contradicciones.

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… Podemos reconocer la verdad accediendo a las cosas simples. En las cosas simples uno puede reconocer la verdad; uno puede reconocer qué es una puerta y qué es una pared, y uno puede reducir cada cuestión difícil a la misma cosa. Eso significa que usted tiene que reconocer cierta cualidad en principios absolutamente simples y verificar otras cosas mediante estos principios simples. He aquí por qué la filosofía (tan sólo la discusión de posibilidades o del significado de palabras) está excluida de este sistema. Usted debe tratar de entender las cosas simples, y debe aprender a pensar de este modo; entonces podrá intentar reducir todo a cosas simples. Tome, por ejemplo, el recuerdo de sí. Recibió todo el material; si se observa, verá que no se recordó en ese momento; advertirá que en algunos momentos se recuerda más y en algunos momentos menos, y decidirá que es mejor recordarse. Esto significa que halló una puerta, que ve la diferencia entre una puerta y una pared.

No debemos pensar sobre cómo prolongar los estados de conciencia, sino cómo crear, porque, en nuestro estado corriente, esto no lo obtuvimos. Cuando lo creamos o lo despertamos, es ciertamente útil mantenerlo más tiempo, aunque es muy desagradable. Pero no hay métodos directos para inducirlo, de modo que, sólo haciendo todo lo que es posible, uno puede obtener este gusto de la conciencia. Por lo general, una de las primeras condiciones es una gran sinceridad con uno mismo. Nunca somos sinceros con nosotros mismos.

Para aprender a ser sincero, sólo trate de verse a sí mismo. Limítese a pensar sobre usted, no en los momentos emocionales sino en los momentos tranquilos, y no se justifique, porque generalmente lo justificamos y explicamos todo diciendo que era inevitable, o que otro tuvo la culpa, etc.

A fin de ser sincero no basta sólo con desearlo. En muchos casos no deseamos ser sinceros; pero aunque lo deseáramos, no podríamos serlo. Esto deberá entenderse. Ser capaz de ser sincero es una ciencia. Y hasta decidir ser sincero es muy difícil, pues tenemos muchas reservas.

Sólo la sinceridad y el completo reconocimiento del hecho de que somos esclavos de la mecanicidad y sus resultados inevitables pueden ayudarnos a descubrir y destruir los amortiguadores con cuya ayuda nos engañamos. Podemos entender qué es la mecanicidad y todo el horror de la mecanicidad sólo cuando hacemos algo horrible y comprendemos plenamente que fue la mecanicidad en nosotros la que nos hizo hacer eso. Es necesario ser muy sincero con uno mismo para poder ver esto. Si tratamos de cubrirlo, de hallar excusas y explicaciones, jamás lo comprenderemos. Pude herir horriblemente, pero debemos soportarlo y tratar de entender que sólo confesándonoslo plenamente podemos evitar repetirlo una y otra vez. Hasta podemos cambiar los resultados mediante entendimiento pleno y cabal, y no tratando de ocultarlo.

Podemos escapar de los tentáculos de la mecanicidad y destruir su fuerza mediante gran sufrimiento. Si tratamos de evitar el sufrimiento, si le tenemos miedo, si tratamos de persuadirnos de que realmente nada malo sucedió, que, después de todo, eso no es importante y que las cosas pueden seguir tal como antes, no sólo jamás escaparemos, sino que nos volveremos cada vez más mecánicos, y muy pronto llegaremos a un estado en el que no habrá para nosotros posibilidad ni oportunidad.

P. D. Ouspensky: El cuarto camino, cap. VI