El pecado es una idea de perversidad

El pecado es una idea de perversidad

El pecado es una idea de perversidad que no puede ser corregida, pero que, sin embargo, será siempre desea­ble. Al ser parte esencial de lo que el ego cree que eres, siempre la desearás. Y sólo un vengador, con una mente diferente de la tuya, podría acabar con ella valiéndose del miedo.

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El ego no cree que sea posible que lo que el pecado realmente invoca, y a lo que el amor siempre responde, es al amor y no al miedo. Pues el ego lleva el pecado ante el miedo, exigiendo cas­tigo. Más el castigo no es sino otra forma de proteger la culpabilidad, pues lo que merece castigo tuvo que haber sucedido realmente. El castigo es siempre el gran protector del pecado, al que trata con respeto y a quien honra por su perversidad. Lo que clama por castigo, tiene que ser verdad. Y lo que es verdad no puede sino ser eterno, y se seguirá repitiendo sin cesar. Pues deseas lo que consideras real, y no lo abandonas.

El Espíritu Santo no puede castigar el pecado. Reconoce los errores y Su deseo es corregirlos todos tal como Dios le encargó que hiciese. Pero no conoce el pecado, ni tampoco puede ver errores que no puedan ser corregidos. Pues la idea de un error incorregible no tiene sentido para Él. Lo único que el error pide es corrección, y eso es todo. Lo que pide castigo no está real­mente pidiendo nada. Todo error es necesariamente una petición de amor. ¿Qué es, entonces, el pecado? ¿Qué otra cosa podría ser, sino una equivocación que quieres mantener oculta, una peti­ción de ayuda que no quieres que sea oída, y que, por lo tanto, se queda sin contestar?

En el tiempo, el Espíritu Santo ve claramente que el Hijo de Dios puede cometer errores. En esto compartes Su visión. Más no compartes Su criterio con respecto a la diferencia que existe entre el tiempo y la eternidad. Y cuando la corrección se com­pleta, el tiempo se convierte en eternidad. El Espíritu Santo puede enseñarte a ver el tiempo de manera diferente y a ver más allá de él, pero no podrá hacerlo mientras sigas creyendo en el pecado. En el error sí puedes creer, pues éste puede ser corregido por la mente. Pero el pecado es la creencia de que tu percepción es inalterable y de que la mente tiene que aceptar como verdadero lo que le dicta la percepción. Si la mente no obedece, se la juzga como desquiciada. De ese modo la mente, que es el único poder que podría cambiar la percepción, se mantiene en un estado de impotencia y restringida al cuerpo por miedo al cambio de per­cepción que su Maestro, que es uno con ella, le brindaría.

Si el pecado es real, tiene que estar permanentemente excluido de cualquier esperanza de curación. Pues en ese caso habría un poder que trascendería al de Dios, un poder capaz de fabricar otra voluntad que puede atacar y derrotar Su Voluntad, así como conferirle a Su Hijo otra voluntad distinta de la Suya y más fuerte. Y cada parte fragmentada de la creación de Dios tendría una voluntad diferente, opuesta a la Suya, y en eterna oposición a Él y a las demás. Tu relación santa tiene ahora como propósito la meta de demostrar que eso es imposible. El Cielo le ha sonreído, y en su sonrisa de amor la creencia en el pecado ha sido erradicada. Todavía lo ves porque no te das cuenta de que sus cimientos han desaparecido. Su fuente ya ha sido eliminada, y sólo puedes abrigarlo por un breve período de tiempo antes de que desaparezca del todo.

Y sin embargo, lo contemplas con la sonrisa del Cielo en tus labios y con la bendición del Cielo en tu mirada. No seguirás viendo el pecado por mucho más tiempo. Pues en la nueva per­cepción, la mente lo corrige cuando parece presentarse y se vuel­ve invisible. Los errores se reconocen de inmediato y se llevan enseguida ante la corrección para que ésta los sane y no para que los oculte. Serás curado del pecado y de todas sus atrocidades en el instante en que dejes de conferirle poder sobre tu hermano. Y lo ayudarás a superar sus errores al liberarlo jubilosamente de la creencia en el pecado.

En el instante santo verás refulgir la sonrisa del Cielo sobre ti y sobre tu hermano. Y derramarás luz sobre él, en jubiloso recono­cimiento de la gracia que se te ha concedido. Pues el pecado no puede prevalecer contra una unión que el Cielo ve con beneplá­cito. Tu percepción sanó en el instante santo que el Cielo te dio. Olvídate de lo que has visto, y eleva tus ojos con fe hacia lo que ahora puedes ver. Las barreras que impiden el paso al Cielo de­saparecerán ante tu santa mirada, pues a ti que eras ciego se te ha concedido la visión y ahora puedes ver. No busques lo que ha sido eliminado, sino la gloria que ha sido restituida para que tú la veas.

Mira a tu Redentor y contempla lo que Él quiere que tú veas en tu hermano, y no permitas que el pecado vuelva a cegar tus ojos. Pues el pecado te mantendría separado de él, pero tu Redentor quiere que veas a tu hermano como te ves a ti mismo. Vuestra relación es ahora un templo de curación, un lugar donde todos los que están fatigados pueden venir a descansar. En ella se encuentra el descanso que les espera a todos después de la jor­nada. Y gracias a vuestra relación todos se encuentran más cerca de ese descanso.

UCDM 1, cap. 19-III