El Suplicante, el Resentido y el Guerrero

Existen dos modos de actuar frente las situaciones que nos brinda la vida: dejarse llevar por la corriente, como un barquito de papel que no tenga voluntad propia, o remar contra la corriente, insistiendo obstinadamente en lo de uno.

Si uno se queda inactivo, no demuestra su iniciativa, no ambiciona, cuando se limita sólo a existir, entonces le rige la vida. El hombre se convierte en marioneta de los péndulos, que obran con su destino a sus anchas. Al asumir tal postura, el hombre renuncia a elegir su propio camino en la vida. Su elección, en este caso, consiste en que su destino esté predeterminado: que pase lo que deba pasar. Al estar conforme con esa condición, confirma que es imposible evitar aquello a lo que estés predestinado. Y tiene toda la razón, puesto que para él, en el espacio, existe también esa variante.

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Después de semejante elección, a uno no le queda otra que lamentarse del destino, sin hacer nada, y confiar en las fuerzas superiores.

Al poner su vida a disposición de manos ajenas, el hombre tiene dos caminos para moverse por la vida. Desplazándose por el primer camino, puede resignarse y mendigar para su vida, dirigiendo sus súplicas a los péndulos o a las supuestas fuerzas superiores. Los péndulos obligan al Suplicante a trabajar, y éste se rompe el espinazo toda la vida para ganar una módica subsistencia. El Suplicante apela ingenuamente a las fuerzas superiores, pero a éstas nada les importa.

El Suplicante declina toda responsabilidad por su destino, diciendo que «todo es voluntad de Dios». Y si es así, sólo hay que pedirlo bien y, como Dios es misericordioso, te lo dará. «¡Montañas y valles! ¡Ríos y mares! ¡Oh, cielo! ¡Oh, tierra! ¡Me inclino ante vuestro poder! Me colman la fe y la veneración. ¡Yo creo que me ayudaréis a comprar mi periódico matutino!». ¿Qué, te parece demasiado exagerado? Nada de eso, porque para las poderosas fuerzas superiores, un periódico matutino o un castillo da lo mismo: todo les es posible. ¡Eres tú, entonces, quien había pedido mal! Bueno, pues, sigue pidiendo.

Existe un chiste ruso que dice así: un tipo, tumbado en el sofá, reza: «Dios, ayúdame a ser rico. ¡Si es que Tú lo puedes todo! ¡Tengo fe en Tu poder! ¡Confío en Tu misericordia!». Y Dios le contesta con enojo: «¡Tío, al menos cómprate un billete de lotería!». Así es, una postura muy cómoda: quitarse toda la responsabilidad de encima y revolcarse, al mismo tiempo, en su importancia interior. ¿En que se revela aquí la importancia? El hombre se ha creído una figura tan importante que considera que Dios, con todo su poder y misericordia, debe preocuparse por su bienestar. Demasiado ha recibido ya el hombre de Dios: la libertad de elegir, pero aquél, por su infantilismo, no quiere aceptar el regalo y está siempre descontento.

El infantilismo encuentra su justificación en la multitud de obstáculos que hay en el camino hacia el objetivo. Siempre hay algo que molesta al hombre. Pero a fin de cuentas, lo que le molesta es lo que él mismo creó: los potenciales excesivos surgidos al dar demasiada importancia a las cosas, las fuerzas equilibrantes y los péndulos, que aparecen como consecuencia de potenciales.

Si a uno no le conviene el papel del Suplicante, puede elegir el segundo camino: aceptar el papel de Resentido, es decir, expresar su disgusto y exigir lo que supuestamente le corresponde. El Resentido, con sus pretensiones perjudica más todavía su destino. Como ejemplo pongamos una alegoría.

Un hombre visita una galería de arte donde no le gusta lo expuesto, y se considera con pleno derecho a expresar su disgusto. Empieza patear, a amenazar, a exigir, incluso a romperlo todo a su alrededor. Por supuesto, seguido a eso viene el castigo. El hombre se ofende aún más y sigue indignándose activamente: «Pero ¿cómo es posible? ¡Si es que ellos deberían haber echado los hígados para satisfacerme!». Y no se le pasa por la cabeza que es sólo un huésped en este mundo.

Desde el punto de vista del Transurfing ambos caminos son absurdos. Por tanto el Transurfing te ofrece un camino totalmente nuevo: no pidas, tampoco exijas, simplemente, ve y coge.

¿Y qué hay de nuevo aquí? De esa manera, precisamente, actúa el hombre que haya hecho otra elección: mi destino está en mis manos. Él empieza a luchar por su lugar bajo el sol. Al asumir la posición severa, el hombre libra una guerra contra los péndulos, se implica en la competición, se abre paso a codazos. Resumiendo: toda su vida es una lucha incesante por la existencia. El hombre ha elegido la lucha, y esa variante también existe en el espacio de las variantes.

Ya sabemos que tanto la resignación como el descontento nos implican en la dependencia de los péndulos. Recuerda lo que habíamos dicho en los capítulos anteriores sobre los potenciales de importancia y comprenderás todo con más claridad. El Suplicante crea el potencial de su culpa y se entrega voluntariamente a las manos de los manipuladores. El que pide supone de antemano que está obligado a pedir y esperar: tal vez le darán. El Resentido crea el potencial de descontento, vuelve contra sí las fuerzas equilibrantes y arruina activamente su destino.

La posición del Guerrero que haya elegido la lucha es más productiva, pero su vida es muy difícil y requiere grandes esfuerzos. Por mucho que el hombre resista, sólo se envuelve más en la telaraña. Le parece que está luchando por su destino pero, en realidad, sólo consume su energía en vano. A veces el hombre alcanza la victoria. ¡Pero a qué precio! La victoria se expone a la consideración del mundo entero y todos vuelven a convencerse de que los laureles no se consiguen tan fácilmente. De esta manera se crea y fortalece la opinión pública: para alcanzar algo hay que trabajar duro o luchar audazmente.

La opinión pública se forma prácticamente por los péndulos. Los potenciales de importancia sirven de comederos para los péndulos. Si creemos que es difícil alcanzar nuestro objetivo, nos habla la importancia exterior. Si creemos que sólo individuos dotados de cualidades extraordinarias pueden alcanzar ese objetivo, nos habla la importancia interior. Por el camino hacia el objetivo a uno le dejarán tal y como vino al mundo. Puede que le permitan llegar hasta el final. Y estará muy contento, sin comprender que ha gastado energía, no tanto por alcanzar el objetivo, como por las ex acciones de los péndulos.

La imagen que resulta es más o menos la siguiente. Para llegar a su objetivo un hombre debe atravesar una multitud de pedigüeños que vocean, le impiden el paso, le asen de la mano. El hombre intenta justificarse, disculparse, dar dinero, empujar, abrirse paso, pelear. Por fin, con mucha dificultad llega a su meta. La energía gastada para obtener el objetivo propiamente dicho constituye sólo una pequeña parte y está destinada sólo para mover los pies. La energía restante se ha gastado en la lucha contra los pedigüeños importunos.

Al romper las trabas de los péndulos el hombre obtiene la libertad. Los pedigüeños le dejan en paz y pasarán a otra gente. Como recordarás, para librarse de los péndulos es imprescindible renunciar a la importancia exterior e interior. Si lo haces, los obstáculos por tu camino hacia el objetivo se autoeliminarán. Es entonces cuando podrás no pedir, no exigir y no luchar, sino simplemente ir y coger.

Ahora surge la pregunta: ¿cómo se debe comprender la frase «ir y coger» y qué es lo que habría que hacer para eso? Todo el resto de este libro se dedica a responder a esa pregunta, por lo que pronto sabrás todo. Hemos trazado, por el momento, la estrategia general a la hora de elegir el destino. Los papeles de Suplicante, Resentido y Guerrero no nos convienen. ¿Qué papel crees que asigna el Transurfing al dueño de su destino en el juego llamado vida? Tu tarea será responder a esta pregunta.

Vadim Zeland: El espacio de las variantes, cap. VI