El tiempo y la eternidad

Dios en Su conocimiento no está esperando, pero a Su Reino le falta algo mientras tú esperes. Todos los Hijos de Dios están esperando tu retorno, tal como tú estás esperando el suyo. En la eter­nidad las demoras no importan, pero en el tiempo son ciertamente trágicas. Has elegido estar en el tiempo en vez de en la eternidad, y, por consiguiente, crees estar en el tiempo. Sin embargo, tu elección es a la vez libre y modificable. No te corresponde estar en el tiempo. Te corresponde estar únicamente en la eternidad, donde Dios Mismo te ubicó para siempre.

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Los sentimientos de culpabilidad son los que perpetúan el tiempo. Inducen miedo a las represalias o al abandono, garanti­zando así que el futuro sea igual que el pasado. En esto consiste la continuidad del ego, la cual le proporciona una falsa sensación de seguridad al creer que tú no puedes escaparte de ella. Pero no sólo puedes, sino que tienes que hacerlo. Dios te ofrece a cambio la continuidad de la eternidad. Cuando te decidas a hacer este intercambio, reemplazarás simultáneamente la culpabilidad por la dicha, la crueldad por el amor y el dolor por la paz. Mi papel consiste únicamente en desatar las cadenas que aprisionan tu voluntad y liberarla. Tu ego no puede aceptar esta libertad, y se opondrá a ella siempre que pueda y en cualquier forma que pueda. Y puesto que tú eres su hacedor, reconoces lo que él puede hacer, pues le conferiste el poder de hacerlo.­

Acuérdate siempre del Reino, y recuerda que tú que formas parte de él, jamás te puedes perder. La Mente que estaba en mí está en ti, pues Dios crea con absoluta imparcialidad. Deja que el Espíritu Santo te recuerde siempre Su imparcialidad, y déjame enseñarte cómo compartirla con tus hermanos. ¿De qué otra manera sino se te puede brindar la oportunidad de reivindicarla para ti mismo? Ambas voces hablan simultáneamente en favor de diferentes interpretaciones de una misma cosa, o casi simultá­neamente, pues el ego siempre habla primero. Las interpretacio­nes que representan la otra alternativa no se hicieron necesarias hasta que se concibió la primera de ellas.

El ego dicta sentencia y el Espíritu Santo revoca sus decisiones, en forma similar a como en este mundo un tribunal supremo tiene la potestad de revocar las decisiones de un tribunal inferior. Las decisiones del ego son siempre erróneas porque están basa­das en el error para cuya defensa, se tomaron. El ego no interpreta correctamente nada de lo que percibe. No sólo cita las Escrituras para defender su causa, sino que incluso las interpreta como testigos a su favor. A juicio del ego, la Biblia es algo temi­ble. Al percibirla como algo temible la interpreta con miedo. Al sentir miedo, no apelas al Tribunal Supremo porque crees que también fallaría en tu contra.

Existen muchos ejemplos que muestran la forma en que las interpretaciones del ego son engañosas, pero con unos pocos bas­tará para mostrar cómo el Espíritu Santo puede reinterpretarlas bajo Su Propia Luz.

Para el Espíritu Santo, «Lo que el hombre sembrare, eso cose­chará» quiere decir que lo que consideres digno de ser cultivado lo cultivarás en ti mismo. Considerar que algo es valioso es lo que lo hace valioso para, ti.

«Mía es la venganza, dice el Señor», puede reinterpretarse fácil­mente si recuerdas que las ideas se expanden sólo al compartirse. La aseveración subraya el hecho de que la venganza no se puede compartir. Dásela, por lo tanto, al Espíritu Santo, Quien te librará de ella; puesto que no le corresponde estar en tu mente, la cual forma parte de Dios.

De acuerdo con la interpretación del ego, «Castigaré los peca­dos de los padres hasta la tercera y cuarta generación» es una ase­veración especialmente cruel. Se convierte simplemente en un intento por parte del ego de garantizar su propia supervivencia. Para el Espíritu Santo, la frase significa que en las generaciones posteriores Él todavía podrá reinterpretar lo que las genera­ciones previas habían entendido mal, anulando así la capacidad de dichos pensamientos para suscitar miedo.

«Los impíos perecerán» se convierte en una declaración de Expiación, si se entiende la palabra «perecerán» con el signifi­cado de «serán des-hechos». Todos los pensamientos no amoro­sos tienen que ser des-hechos, palabra ésta que el ego ni siquiera puede entender. Para el ego, deshacer significa destruir. El ego no será destruido porque forma parte de tu pensamiento, pero como no es creativo, y es, por consiguiente, incapaz de compartir, será reinterpretado de otra manera para así liberarte del miedo. La parte de la mente que le diste al ego regresará simplemente al Reino, donde a toda ella le corresponde estar. Puedes demorar la compleción del Reino, pero no puedes introducir el concepto de miedo en él.

No tienes por qué temer que el Tribunal Supremo te vaya a condenar. Éste simplemente declarará sin lugar el caso contra ti. No puede haber caso contra un Hijo de Dios, y todo testigo que da fe de la culpabilidad de las creaciones de Dios está levantando falso testimonio contra Dios Mismo. Apela jubilosamente todo lo que creas al Propio Tribunal Supremo de Dios, ya que éste habla por Él, y, por consiguiente, lo que afirma es la verdad. Declarará sin lugar el caso contra ti, no importa cuán cuidadosamente lo hayas preparado. Lo podrás haber planeado a prueba de todo, pero no está a prueba de Dios. El Espíritu Santo no le dará audiencia, pues El sólo puede dar testimonio de la verdad. Su veredicto será siempre: «Tuyo es el Reino», porque el Espíritu Santo te fue dado para recordarte lo que eres.

Un Curso De Milagros 1, cap. 5-VI