El Yo

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El Yo

Para facilitar la transición de la identificación del yo al Yo, conviene saber que lo menor es reemplazado por lo mayor y, así, no es posible sentir perdida alguna. La comodidad y la seguridad propiciadas por aferrarse a la identificación con el pequeño yo son minúsculas comparadas con el descubrimiento del verdadero Yo, pues el Yo está mucho más cerca de la sensación de “mi”. El Yo es como “Mi”, en Lugar de solo “mi”. El pequeño yo tenía todo tipo de defectos, miedos y sufrimientos, y el Yo real está más allá de todo eso. El pequeño yo tenía que llevar la carga del miedo a la muerte, mientras que el Yo real es inmortal y está más allá del tiempo y del espacio. Con la transición, la gratificación es completa y total. El alivio que proporciona el ver que toda una vida de miedos carecía de fundamento y era imaginaria es tan enorme que, durante un tiempo, resulta difícil incluso funcionar en el mundo. Con el indulto de la sentencia de muerte, el maravilloso don de la Vida surge ahora con todo su esplendor, sin los nubarrones de la ansiedad ni de la presión del tiempo.

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Con el cese del tiempo, se abren las puertas a una eternidad gozosa; el amor de Dios se convierte en la Realidad de la Presencia. El Conocimiento de la Verdad de toda Vida y Existencia se eleva con una imponente autorevelación. La maravilla de Dios es tan omnipresente y tan enorme que sobrepasa toda imaginación. Estar al fin en casa, verdaderamente en casa, es algo profundo, completo, total.

La idea de que el hombre tenga temor a Dios resulta entonces tan ridícula que parece una trágica demencia. En realidad, eso que es la verdadera esencia del amor disuelve todo temor para siempre. También parece una comedía divina la absurda ignorancia de la humanidad y, al mismo tiempo, se ven como inútiles e innecesarias las luchas ciegas y los sufrimientos. El Amor Divino es infinitamente compasivo, y resulta difícil de entender que la gente crea en un Dios que se disgusta y se enfada con las limitaciones de las personas. El mundo ciego del ego es una pesadilla interminable: incluso sus aparentes dones son evanescentes y huecos. El verdadero destino del hombre es darse cuenta de la verdad de la divinidad del origen y creador de uno, que están siempre presente dentro de lo que ha sido creado y es el creador: el Yo.

David R. Hawkins: El ojo del yo cap. 6

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