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Noviembre de 1988
Cuando llegué a la casa de mi Gurú, estaba lista para su enseñanza y receptiva a todo lo que pudiera darme. Llegué anhelante y dispuesta; no tenía ni idea de lo que sucedería, pero supe desde el primer momento que no le abandonaría jamás. Sí sabía, no obstante, que fuera cual fuere la madurez espiritual que alcanzara en mi vida, a partir de ahora él la intensificaría y la sustentaría hasta donde fuera posible. Muy poco después de conocer a Maharajji, me dijo: «Un día ocuparás mi puesto». Guardé aquellas palabras en mi corazón y no hice absolutamente nada con ellas. Cada uno de los momentos que pasé con Maharajji tuvo una profunda cualidad de rendición a cualquiera que fuera la razón de que estuviéramos juntos.

― Octubre de 1992
Un día me encontré de pie delante de su puerta en un estado de claridad absolutamente vacía. Tuve el espontáneo impulso de ir a verle, y le conté que había comprendido plenamente lo que me había enseñado. Supongo que quizá lo que le estaba preguntando en realidad era si había alcanzado la meta. Me dijo: «Espera». No «sí», o «no», sino «espera». Asentí; me incliné ante él y salí de su habitación. Al cabo de cinco minutos no era capaz de recordar exactamente de qué me había hablado. Yo había vertido mi corazón en el suyo, le había pedido su aprobación, y él había contestado: «Espera». Así pues […] esperaría. El año siguiente se dio una situación muy semejante cuando me encontré de nuevo en su presencia y le conté que había comprendido lo que me había enseñado. Volvió a decir: «Espera»; no «sí», o «no», sino «espera». No dudé de que esperaría. Me postré a sus pies y salí de la habitación, conforme con tener que esperar.

Un año más tarde estaba yo en Eugene, Oregón, trabajando en una fábrica de conservas. Y allí, en el cuarto donde trabajaba sola, al fondo de la fábrica, a principios de octubre un satori de indescriptible sutileza, increíblemente tenue, increíblemente delicado, consumió lo que yo creía ser. El satori entero fue como si una aguja atravesara a cámara lenta una burbuja de jabón. El universo, tal como yo lo conocía, desapareció al explotar suavemente aquella diminuta burbuja. Parecía que toda experiencia se hubiera desvanecido, y, con lo que quedaba, era imposible hacer nada en absoluto. Sólo se podía observar el vacío; pero no había yo, ni observación, ni vacuidad, ni había tampoco una nada. El momento estaba fuera del tiempo, y la duda no podía entrar en él. Nada podía entrar; no había lenguaje para la duda ni para la aprobación. Misteriosamente, era capaz de ver todo lo que mi gurú me había transmitido desde el principio en silencio. Entonces la iluminación eliminó aquello que podía iluminarse. Había pasado una hora, y allá estaba yo de pie (sin saber, hasta más tarde, que lo estaba) escudriñando sin aliento la vacuidad como vacuidad; tan increíblemente delicada, tan increíblemente sutil. Parecía como si, al más ligero movimiento, el universo entero fuera a romperse, igual que se rompe el silencio si un vaso se estrella contra el suelo.

Así es como percibí aquella hora, después de que hubiera pasado, no mientras transcurría. Lo que emergió de aquel período de tiempo fue el comienzo de una manera de “ver”. Desde aquel momento, en que empecé a caminar hacia la salida de la fábrica al final del turno de trabajo, hasta ahora, la capacidad de ver las cosas por lo que son nunca me ha abandonado. La totalidad que presencié era tan sobrecogedora y el mensaje sin palabras que se me transmitió tenía tanta fuerza dentro de su sutileza, que la aparente multiplicidad de la existencia nunca ha vuelto a ser predominante. El satori fue como una partícula infinitesimal de bruma que cayera en un océano sin orillas; océano, sólo océano. Por supuesto, era mucho más profundo que eso. Nada podía decirse sobre él, y nada podía sacarse de él; no existe en absoluto un lenguaje con el que poder referirse a él. Sin embargo, aquel momento cambió para siempre mi vida, que sigue madurando. Hasta donde la vacuidad alcanza, se extiende también esta iluminación, cerca y lejos, revelándolo todo con pura sencillez.

No obstante, lo más bello era que nada había cambiado. ¡Qué alivio! Nadie habría imaginado que aquella mujer que salía de la fábrica aquel día, vestida con un impermeable amarillo, casco y botas acababa de ser coronada por un linaje de Maestros Perfectos. Nadie le prestaba atención. Marqué la tarjeta a la salida; eran las 2:45. Me fui a casa, para volver al día siguiente. Ahora, la identidad del yo había despertado a la inmutable perfección a la que no pueden afectar las percepciones. Desde aquel día, ningún cambio significaba nada ni podía alterar nada; era como en los sueños, donde un día nunca termina.

En cuanto a mi maestría, mi gurú me confió su trabajo. Hace mucho tiempo le prometí mi vida, y esto forma parte de ello. Por su gracia, mi vida ha llegado a ser lo que es; por su gracia he realizado mi verdadera naturaleza; por su gracia puedo ayudar a otros a despertar. El Maestro concede la gracia, transmitiendo la Verdad en silencio e inspirando un profundo compromiso a descubrir la Verdad. Por la gracia de un acantilado, el río se convierte en catarata; por la gracia del agua, se llena el recipiente. El Maestro es una catarata, el discípulo es la vasija, la gracia es el fluir de un poder superior que abre el camino hacia lo que yace más allá de la consciencia; aquí y ahora.

ShantiMayi