Ilusión y realidad

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Ilusión y realidad

La traición que el Hijo de Dios cree haber cometido sólo tuvo lugar en ilusiones, y todos sus «pecados» no son sino el producto de su propia imaginación. Su realidad es eternamente inmaculada. El Hijo de Dios no necesita ser perdonado, sino despertado. En sus sueños se ha traicionado a sí mismo, a sus hermanos y a su Dios. Más lo que tiene lugar en sueños no tiene lugar real­mente. Es imposible convencer al que sueña de que esto es así, pues los sueños son lo que son debido a la ilusión de que son rea­les. Sólo al despertar se libera uno completamente de ellos, pues sólo entonces resulta perfectamente evidente el hecho de que no afectaron en modo alguno la realidad y de que no la han cam­biado. Las fantasías cambian la realidad. Ese es su propósito. En realidad no lo pueden hacer, pero sí pueden hacerlo en la mente que quiere que la realidad sea diferente.

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Tu deseo de cambiar la realidad es, por lo tanto, lo único que es temible, pues al desear que la realidad cambie crees que tu deseo se ha cumplido. En cierto sentido, esta extraña perspectiva da testimonio de tu poder. Mas cuando lo distorsionas y lo utili­zas en favor del «mal», haces también que sea algo irreal para ti. No puedes serle fiel a dos amos que te piden cosas contradicto­rias. Lo que usas en beneficio de las fantasías, se lo niegas a la verdad. Más lo que le entregas a la verdad para que ésta lo use en tu beneficio, se encuentra a salvo de las fantasías.

Cuando sostienes que es imposible que no haya grados de difi­cultad en los milagros, lo único que estás diciendo es que hay algunas cosas que no quieres entregarle a la verdad. Crees que la verdad no podría resolverlas debido únicamente a que prefieres mantenerlas ocultas de la verdad. Dicho llanamente, tu falta de fe en el poder que sana todo dolor emana de tu deseo de conservar algunos aspectos de la realidad y reservarlos para la fantasía. ¡Si tan sólo comprendieses cuánto afecta esto tu apreciación de la totalidad! Aquello que te reservas sólo para ti, se lo quitas a Aquel que quiere liberarte. A menos que se lo devuelvas, tu pers­pectiva de la realidad permanecerá inevitablemente distorsionada y sin corregir.

Mientras desees que esto siga siendo así, seguirás albergando la ilusión de que hay grados de dificultad en los milagros. Pues habrás sembrado la idea de grados de realidad al darle una parte de ésta a un maestro, y la otra al otro. De este modo, aprendes a tratar con una parte de la verdad de una manera, y con la otra de otra. Fragmentar la verdad es destruirla, pues ello la desprovee de todo significado. El concepto de grados de realidad es un enfoque que denota falta de entendimiento, un marco de referen­cia para la realidad con el que realmente no se la puede comparar en absoluto.

¿Crees acaso que puedes llevar la verdad ante las fantasías y aprender lo que significa la verdad desde la perspectiva de lo ilusorio? La verdad no tiene significado dentro de lo ilusorio. El marco de referencia para entender su significado tiene que ser ella misma. Cuando tratas de llevar la verdad ante las ilusiones, estás tratando de hacer que las ilusiones sean reales y de conser­varlas justificando tu creencia en ellas. Llevar las fantasías ante la verdad, no obstante, es permitir que la verdad te muestre que las ilusiones son irreales, lo cual te permite entonces liberarte de ellas. No mantengas ni una sola idea excluida de la verdad, pues si lo haces, estarás estableciendo diferentes grados de realidad que no podrán sino aprisionarte. No hay grados de realidad por­que en ella todo es verdad.

Procura estar dispuesto, pues, a entregarle todo lo que has ocultado de la verdad a Aquel que la conoce, y en Quien todo se lleva ante ella. Lograremos salvarnos de la separación completa­mente, o no lo lograremos en absoluto. No te preocupes por nada, excepto por estar dispuesto a que se logre. Él será Quien lo logre, no tú. Pero no te olvides de lo siguiente: cuando te alteras y pierdes la paz porque otro está tratando de resolver sus proble­mas valiéndose de fantasías, estás negándote a perdonarte a ti mismo por haber hecho exactamente lo mismo. Y estás mante­niéndoos a ti y al otro alejados de la verdad y de la salvación. Al perdonarlo, restituyes a la verdad lo que ambos habíais negado. Y verás el perdón allí donde lo hayas otorgado.

UCDM, cap. 17-I