La bifurcación del camino

La bifurcación del camino

Cuando llegas al lugar en que la bifurcación del camino resulta evidente, no puedes seguir adelante. Tienes que decidirte por uno de los dos caminos, pues si sigues adelante de la manera en que ibas antes de llegar a este punto, no llegarás a ninguna parte. El único propósito de llegar hasta aquí fue decidir cuál de los dos caminos vas a tomar ahora. El trayecto que te condujo hasta aquí ya no importa. Ya no tiene ninguna utilidad. Nadie que haya llegado hasta aquí puede decidir equivocadamente, pero sí puede demorarse. Y no hay momento de la jornada más frus­trante y desalentador, que aquel en el que te detienes ahí donde el camino se bifurca, indeciso con respecto a qué rumbo seguir.

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Son sólo los primeros pasos por el camino recto los que pare­cen difíciles, pues ya te has decidido, si bien puede que aún creas que puedes volverte atrás y elegir la otra alternativa. Pero no es así. Ninguna decisión que se haya tomado y que cuente con el respaldo del poder del Cielo puede ser revocada. Tu camino ya se decidió. Si reconoces esto no habrá nada que no se te diga.

Y así, tú y tu hermano os encontráis ahí en ese santo lugar, ante el velo de pecado que pende entre vosotros y la faz de Cristo. ¡Dejad que sea descorrido! ¡Descorredlo juntos! Pues es sólo un velo lo que se interpone entre vosotros. Por separado, cada uno de vosotros lo veréis como un sólido muro y no os daréis cuenta de lo delgado que es el cortinaje que ahora os separa. Aun así, éste ya casi ha sido eliminado de vuestra conciencia, e incluso aquí, ante el velo, la paz ha venido a vosotros. Piensa en lo que os espera después: el amor de Cristo iluminará vuestros rostros e irradiará desde ellos a un mundo en penumbra y con necesidad de luz. Y desde este santo lugar Él regresará con vosotros, sin irse de él y sin abandonaros. Os convertiréis en Sus mensajeros, al restituirlo a Él a Sí Mismo.

¡Pensad en la hermosura que veréis, vosotros que camináis a Su lado! ¡Y pensad cuán bello os parecerá el otro! ¡Cuán felices os sentiréis de estar juntos después de una jornada tan larga y solita­ria en la que caminabais por separado! Las puertas del Cielo, francas ya para vosotros, las abriréis ahora para los que aún sufren. Y nadie que mire al Cristo en vosotros dejará de regoci­jarse. ¡Qué bello es el panorama que visteis más allá del velo y que ahora llevaréis para iluminar los cansados ojos de aquellos que todavía están tan extenuados como una vez lo estuvisteis vo­sotros! ¡Cuán agradecidos estarán de veros llegar y ofrecer el per­dón de Cristo para desvanecer así la fe que ellos aún tienen en el pecado!

Cualquier error que cometas, el otro ya lo habrá corregido tier­namente por ti. Pues para él tu hermosura es su salvación, y la quiere proteger de cualquier daño. Y cada uno será para el otro su firme defensor contra todo lo que parezca surgir para separa­ros. Y así caminaréis por el mundo conmigo, pues tengo un mensaje que aún no se ha llevado a todos. Y vosotros estáis aquí para permitir que se reciba. La oferta de Dios todavía sigue en pie, pero aguarda aceptación. Se recibe de vosotros que la habéis aceptado. En vuestras manos unidas se deposita confiadamente, pues vosotros que la compartís os habéis convertido en sus devo­tos guardianes y protectores.

A todos aquellos que comparten el Amor de Dios se les con­cede la gracia de ser los dadores de lo que han recibido. Y así aprenden que es suyo para siempre. Todas las barreras desapa­recen ante su llegada, de la misma manera en que cada obstáculo que antes parecía bloquear su camino quedó finalmente supe­rado. Ese velo que tú y tu hermano descorréis juntos os abre el camino a la verdad y se lo abre también a otros. Los que permi­ten que se les libere de las ilusiones de sus mentes son los salva­dores de este mundo, y caminan por él con su Redentor, llevando Su mensaje de esperanza, libertad y emancipación del sufri­miento a todo aquel que necesite un milagro para salvarse.

¡Qué fácil es ofrecer este milagro a todos! Nadie que lo haya recibido tendría dificultad alguna en darlo. Pues al recibirlo aprendió que no se le daba solamente a él. Tal es la función de una relación santa: que recibáis juntos y que deis tal como reci­báis. Cuando se está ante el velo, esto todavía parece difícil. Pero si extendéis vuestras manos unidas y tocáis eso que parece un denso muro, notaréis con cuánta facilidad se deslizan vuestros dedos a través de su insubstancialidad. Ese muro no es sólido en absoluto. Y es sólo una ilusión lo que se interpone entre tú y tu hermano y el santo Ser que compartís.

UCDM1, cap.22

 

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