La continuidad del ego

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La continuidad del ego

Mediante la contemplación y la meditación, la creencia en un “yo” imaginario como yo verdadero de uno decrece, en la medida en que uno se da cuenta de que todos los fenómenos suceden por si solos y no como consecuencia de un “yo” interior volitivo”.

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Los fenómenos de la vida no vienen causados por nada ni nadie. Al principio, puede resultar desconcertante darse cuenta de que todos los acontecimientos de la vida son interacciones impersonales y autónomas de todas las facetas de las condiciones imperantes de la naturaleza y el universo. Entre estas, están las funciones corporales, las actividades mentales y el valor y la importancia que la mente da a los pensamientos y a los acontecimientos. Estas respuestas automáticas son las consecuencias impersonales de la programación previa. Al escuchar los propios pensamientos, uno se da cuenta de que lo único que está escuchando es esa programación. En realidad, no hay ningún “yo” interior que este causando esa corriente de consciencia. Y esto se puede descubrir mediante el simple ejercicio de exigir que la mente deje de pensar. Parece que la mente ignora completamente los deseos de uno, y sigue haciendo lo que hace porque no actúa en función de una decisión voluntaria. Con frecuencia, de hecho, hace exactamente todo lo contrario de lo que uno desea.

Un aspecto básico de la continuidad del ego y de su capacidad para dominar es el de afirmar la autoría de toda experiencia subjetiva. El “yo pienso” o “yo creo,” es sumamente rápido interponiéndose como causa supuesta de todos los aspectos de la vida de uno. Esto es difícil de detectar, salvo mediante una concentración intensa de la atención, durante la meditación, sobre el origen de la corriente de pensamientos.

El ego se interpone ciertamente entre la realidad y la mente. Su función es como la de un monitor de grabación de un equipo de alta fidelidad. El monitor de grabación vuelve a poner el programa que acaba de ser grabado una fracción de segundo antes de su reposición. Por tanto, lo que la persona experimenta en su vida cotidiana es una reposición casi instantánea de lo que el ego acaba de grabar. En este lapso instantáneo, el ego edita de inmediato el material entrante en función de su programación previa. Así, la distorsión se genera de forma automática.

Esta pantalla oscurece la realidad y la oculta a la conciencia. Una de las primeras cosas que se notan cuando se trasciende el ego es la enorme transformación de la vida en una intensa sensación de estar vivo. Uno consigue experimentar la realidad antes de que fuera distorsionada, apagada y corregida con las suposiciones. El impacto, la primera vez que se experimenta la vida cuando se presenta como realmente es, es abrumador. Unos instantes antes de que desaparezca la ilusión del falso yo, hay, en los segundos restantes, un asomo de Realidad como nunca se hubiera podido imaginar. El hundimiento del aparato perceptivo del ego revela un esplendor asombroso. Y en esa fracción de segundo, se puede sentir también una verdadera muerte, cuando los remanentes de la estructura del ego expiran junto con la creencia de que solo él era real.

En resumen, se puede decir que el ego es una recopilación de posicionamientos que se mantienen juntos gracias a la vanidad y al miedo, y que se desmontan en virtud de una humildad radical que socava su propagación.

David R. Hawkins: El Ojo del Yo Capítulo 4

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