La creencia que el cuerpo es valioso

El segundo obstáculo que la paz tiene que superar, es la creencia de que el cuerpo es valioso por razón de lo que ofrece. Pues aquí la atracción de la culpabilidad se pone de manifiesto en el cuerpo y se ve en él.

Este es el tesoro que crees que la paz te arrebataría. De esto es de lo que crees que te despojaría, dejándote sin hogar. Y esta es la razón por la que le negarías a la paz un hogar. Consideras que ello supone un «sacrificio» excesivamente grande, y que se te está pidiendo demasiado. Más ¿se trata realmente de un sacrificio o de una liberación? ¿Qué te ha dado realmente el cuerpo que justifique tu extraña creencia de que la salvación radica en él? ¿No te das cuenta de que eso es la creencia en la muerte? En esto es en lo que se centra la percepción según la cual la Expia­ción es un asesinato. He aquí la fuente de la idea de que el amor es miedo.

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A los mensajeros del Espíritu Santo se les envía mucho más allá del cuerpo, para que exhorten a la mente a unirse en santa comunión y a estar en paz. Tal es el mensaje que yo les di para ti. Sólo los mensajeros del miedo ven el cuerpo, pues van en busca de lo que puede sufrir. ¿Es acaso un sacrificio que se le aparte a uno de lo que puede sufrir? El Espíritu Santo no te exige que sacrifiques la esperanza de obtener placer a través del cuerpo, pues no hay esperanza alguna de que el cuerpo te pueda proporcionar placer. Pero tampoco puede hacer que tengas miedo del dolor. El dolor es el único «sacrificio» que el Espíritu Santo te pide y lo que quiere eliminar.

Deseas la salvación, no el dolor de la culpabilidad. Y deseas tener por morada a tu Padre y no a una mísera choza de barro. En tu relación santa se encuentra el Hijo de tu Padre, el cual nunca ha dejado de estar en comunión con Él ni consigo mismo. Cuando acordaste unirte a tu hermano reconociste esto. Reconocer eso no te cuesta nada, sino que te libera de tener que hacer cualquier clase de pago.

Has pagado un precio exorbitante por tus ilusiones, y nada de eso por lo que tanto has pagado te ha brindado paz. ¿No te alegra saber que el Cielo no puede ser sacrificado y que no se te puede pedir ningún sacrificio? No puedes interponer ningún obstáculo en nuestra unión, pues yo ya formo parte de tu relación santa. Juntos superaremos cualquier obstáculo, pues nos encontramos ya dentro del portal, no afuera. ¡Cuán fácilmente se abren las puertas desde adentro, dando paso a la paz para que bendiga a un mundo agotado! ¿Cómo iba a sernos difícil pasar de largo las barreras cuando te has unido a lo ilimitado? En tus manos está poner fin a la culpabilidad. ¿Te detendrías ahora a buscar culpa­bilidad en tu hermano?

Deja que yo sea para ti el símbolo del fin de la culpabilidad, y contempla a tu hermano como me contemplarías a mí. Perdó­name por todos los pecados que crees que el Hijo de Dios come­tió. Y a la luz de tu perdón él recordará quién es y se olvidará de lo que nunca fue. Te pido perdón, pues si tú eres culpable, tam­bién lo tengo que ser yo. Mas si yo superé la culpabilidad y vencí al mundo, tú estabas conmigo. ¿Qué quieres ver en mí, el sím­bolo de la culpabilidad o el del fin de ésta? Pues recuerda que lo que yo signifique para ti es lo que verás dentro de ti mismo.

Llevad a todo el mundo el jubiloso mensaje del fin de la culpabilidad, y todo el mundo contestará. Piensa en lo feliz que te sentirás cuando todos den testimonio del fin del pecado y te muestren que el poder de éste ha desapa­recido para siempre. ¿Dónde puede seguir habiendo culpabili­dad una vez que la creencia en el pecado ha desaparecido? ¿Y dónde está la muerte, una vez que se ha dejado de oír para siem­pre a su gran defensor?

Perdóname por tus ilusiones, y libérame del castigo que me quieres imponer por lo que no hice. Y al enseñarle a tu hermano a ser libre, aprenderás lo que es la libertad que yo enseñé, y, por lo tanto, me liberarás a mí.

UCDM1, cap. 19-IV