La Mente

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La razón, la lógica, la información, y sus expresiones como ciencia, tecnología e industria se convierten en las instituciones dominantes. Ellas se vuelven así en las autoridades que son suplicadas y advierten para resolver los problemas colectivos de la sociedad, y de la ciencia de la psicología se espera que obtenga la resolución y las respuestas a los conflictos emocionales y personales. Esta fe en la razón se ve agravada por la rápida evolución de la ciencia y la tecnología de la era del ordenador en el que todos los problemas con el tiempo serán vencidos por esa gran esperanza de la sociedad humana llamada “investigación”.

 

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Así, el intelecto, la razón y la lógica son los destinatarios de la fe del hombre moderno. En el mundo moderno, aunque una parte considerable de la población es aparentemente religiosa aún, la principal confianza que la sociedad enfatiza es el progreso en el avance de la inteligencia. El hombre se enfrenta al reto diario de la supervivencia en el aquí y ahora, y así la religión, es vista como derivada de la antigüedad pasada y de nuevo es proyectada hacia un futuro distante hipotético, está puesta en un segundo plano. La búsqueda seria de la verdad religiosa es, pues, a menudo aplazada para más adelante en la vida cuando uno sea mayor y por tanto, parezca más pertinente.

Hasta la muy reciente aparición de la investigación de la conciencia, la religión parecía ser intelectualmente irrelevante, ya que se relacionaba con la historia y acontecimientos ocurridos hace miles de años en culturas extranjeras. La única información que podría ser reclamada realmente interesante era el descubrimiento periódico de los objetos arqueológicos, o fragmentos de documentos históricos, o las confirmaciones geológicas de algunas antiguas escrituras. Las enseñanzas de la iglesia se centraron en los acontecimientos cronológicos del pasado muy distante, y así, para el hombre moderno, la religión histórica, aparte de un conjunto de preceptos morales más que obvio, parecía tener poca relevancia para la vida moderna. El descontento dio lugar a la aparición de las más recientes iglesias aconfesionales que enfatizan la activación de la verdad espiritual y la experiencia de los conceptos religiosos en las actividades diarias.

La aparente insuficiencia de la religión para responder a los desafíos de la vida humana llevando el énfasis al desarrollo del intelecto y la razón como podemos ver desde la emergencia del brillante avance intelectual representado por los grandes filósofos de la antigua Grecia. La propia mente se convirtió en el tema de investigación de la filosofía, de la cual la epistemología se convirtió en su mayor rama. “Conócete a ti mismo”, fue la llamada que llevó a la investigación del conocimiento en sí. ¿Cómo sabe la mente humana y cómo sabe que sabe, y puede su capacidad para saber incluso ser probada o demostrada?

Surgieron la ontología, la metafísica, la cosmología y las inspecciones internas del funcionamiento de la inteligencia que las leyes de la ciencia y la lógica emergieron. Paradójicamente, la física moderna de hoy es el producto final de las disertaciones de la supuestamente no científica metafísica. En los últimos tiempos, los enigmas de la mecánica cuántica y la física teórica avanzada han reactivado el interés en las bases filosóficas del pensamiento científico ya que sin ellas, la comprensión llega a los límites establecidos por el contexto. Los hechos son interesantes e intrigantes, pero la verdadera pregunta surge entonces, ¿qué significan?

De gran interés para el estudiante de la filosofía y la epistemología es la omnipresente pregunta a lo largo de las eras de la importancia de la razón, la lógica y el intelecto para la realidad de Dios y la naturaleza de la Divinidad. La cuestión ha sido recurrentemente expresada como “¿Es la capacidad del hombre para pensar, conocer y razonar verdaderamente una cualidad de la divinidad?” Así, el debate filosófico lleva al examen de las cualidades de la conciencia, sin la cual no puede haber discurso o saber interior al que incluso dirigir el tema.

Al final, la conclusión de todos los científicos / filósofos / metafísicos / psicólogos / intelectuales / religiosos / espirituales es que el diálogo semántico se disuelve en la consciencia del sustrato de consciencia llamada conciencia y subjetividad. La realización final es que esa conciencia en sí, la capacidad de ser consciente, saber, siente, percibe, o incluso expone, es un a priori de toda la experiencia humana. Con esta realización viene la cuestión recurrente, crucial: ¿Es el origen de la conciencia un yo personal, o es una cualidad de la Presencia en el hombre, una cualidad de la Divinidad?

Se tiende a identificar el yo con el pensar, los pensamientos, “la mente”, la razón y la lógica. Por tanto, desconfía de la intuición y el dominio no-lineal, aunque piense que ese dominio es el verdadero origen del sustrato de la propia mente. La trampa del intelecto es que se ve a sí misma como el origen de la supervivencia en lugar de como simplemente un mecanismo o una herramienta con la que el Ser sostiene la existencia en la forma humana.

El intelecto inconsciente presume que el origen de su capacidad de pensar y ser consciente es del cerebro físico, el cual es simplemente el medio, el mecanismo y el instrumento mediante el cual lo lineal y lo no-lineal interactúa.

Un nivel de conciencia existe como un campo independiente que contiene formas de pensamiento concordantes en sintonía con la “frecuencia” de ese campo de atracción. El campo por lo tanto, sostiene, apoya y da un “hogar” a las formas de pensamiento similares. Si una mente individual sintoniza ese nivel de conciencia, el campo tiende a potenciar el que surjan pensamientos asociados. Esto puede derivar en el fenómeno de arrastre asociado a las emociones aumentando la energía de la orientación y el compromiso con el campo y su personificación como “el mío”.

Así, vemos grandes masas de personas emocionadas y actuando en coordinación como mentes hipnotizadas.

El contagio de la histeria colectiva es legendario y ha sido la herramienta favorita de los propagandistas. La misma sugestión, que se muestra en los comportamientos de la multitud, es exhibida de manera menos evidente por la respuesta pública a otras formas de información y comunicación. Las ideologías se popularizaron y tienden a auto-promulgarse. Los medios de comunicación activan la respuesta de la masa y la histeria, al igual que la publicidad, las películas y los programas de televisión, tales como los deportes y los eventos publicitarios mundiales. Es como pensar que la psique del público es un campo de respuesta potencial gigante, que está simplemente a la espera de una melodía programada que marche en una dirección u otra.

Las masas son tan fácilmente manipulables que los maestros del juego de la manipulación juegan con el público como un instrumento musical gigante. Las fórmulas han sido estandarizadas, por ejemplo, el terrible stock de las películas con brutales matanzas; el sentimental, la historia de la triste niña, los “nenes” ahogándose a en la piscina de la familia; el insulto indignado al honor del país; el prelado perverso; la degeneración de la juventud; el asesinato de famosos; o el último descubrimiento médico provocador de ansiedad. Existe la rutina rígida de la historia política, la última historia de guerra horrorosa, y la última violación de “derechos”, completada con la marcha de protesta. La inclinación política de los medios de comunicación simplemente da más segundos o minutos de exposición a una parte de la historia o a la otra. (Lo preferido ahora es enfocar la cámara de televisión de las noticias sobre las víctimas civiles inocentes de un lado del conflicto o del otro, y la selección de qué lado del conflicto es la víctima y cuál es el perpetrador está determinada por la inclinación política del editor de las noticias.) Los medios de comunicación por tanto ven a la humanidad como un colectivo, con predecibles desencadenantes y respuestas, y cada segmento puede ser manipulado y orquestado por el uso de los símbolos apropiados, consignas, y posicionamientos.

David R. Hawkins: Yo, Realidad y Subjetividad, cap. XIII

 

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