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La práctica del principio de responsabilidad-atracción-creación

La práctica formal del principio de responsabilidad-atracción-creación facilita la liberación de las principales emociones ne­gativas, y así aparece naturalmente una plenitud del ser en sus más bellas cualidades. En realidad es la manifestación natural del Ello.

Cuando desaparece la ansiedad, el miedo y el estrés, nace na­turalmente un sentimiento de paz y de serenidad que provie­nen de una mayor confianza en la vida, así como una alegría de vivir simple y directa, la que teníamos cuando nacimos y que hemos perdido luego. Pero esta vez, esta confianza se pasa en una mayor comprensión del mecanismo de la vida misma, y por eso somos mucho menos vulnerables. Sabemos ahora que una experiencia difícil o un infortunio no son una prueba de la absurdidad, de la injusticia o de la maldad de la vida (como lo habíamos registrado generalmente en nuestra conciencia de niño), sino como una etapa más difícil del viaje y una posibilidad para nosotros de progreso mayor. Sabemos que todo lo que nos sucede es pertinente.

 

La práctica del principio de responsabilidad-atracción-creación

Además, este aprendizaje está siempre presente en fun­ción de nuestro nivel de evolución, así como de nuestra capa­cidad de hacer frente a una situación. Es la razón por la cual, cualesquiera que sean las circunstancias, sabemos que si las atraemos es porque estamos dispuestos a vivirlas y que tenemos todo lo que necesitamos para hacerles frente. Es natu­ral, somos nosotros quienes vamos a elegir de qué forma las resolveremos. Es el momento o nuestra ocasión de experi­mentar la vida y desarrollar ciertas cualidades.

El sentido de la presencia de nuestro Ello en nosotros aporta una certeza interior que nos hace sentirnos más tran­quilos y serenos ante las vicisitudes de la vida. El universo cesa de ser un lugar hostil, como habíamos creído la mayor parte de nosotros a partir de las experiencias del nacimiento o de la in­fancia. Un real sentimiento de confianza en la vida puede ins­talarse en nosotros. Sabemos que nuestro Ello está ahí, alerta, y que con su amor y su luz, guía y protege totalmente todas las experiencias de nuestra personalidad. No en el sentido de que va a evitarnos situaciones difíciles, sino en el sentido de que lo que nos presentará será siempre adecuado para nuestro crecimiento.

Si reconocemos la presencia de nuestro Ello, en particular reconociéndonos como generadores de nuestras propias ex­periencias, entonces el amor, la luz y el poder de nuestro Ello nos resultarán más disponibles. Este sentimiento de la pre­sencia del Ello permite vivir con más intensidad los más her­mosos momentos de la vida, porque esto se hace con una confianza serena. En circunstancias difíciles este contacto nos servirá muy específicamente. Cuando vivimos una situa­ción difícil en el estado de ánimo de víctima, no tenemos ningún recurso interior que pueda ayudarnos. En el estado de ánimo de responsabilidad-atracción-creación, el poder y la luz de nuestro Ello nos inspiran, nos guían y nos permiten vivir nuestras pruebas mucho más sanamente.

Reconociéndonos en el origen de nuestras experiencias, em­pezamos a damos cuenta de nuestro sentido último, a saber: armonizar la voluntad de nuestra personalidad con la de nuestro Ello. En conciencia, nos transformamos en nuestro Ello. Entonces estamos dispuestos a tomar posesión de los recursos infinitos de nuestro ser interior y de experimentar su paz, su certeza y su serenidad.

Dentro de la paz crece también la sabiduría. Una vez des­aparecido el estruendo de las emociones negativas, podemos oír más fácilmente la voz de nuestro Ello. Nuestra intuición posee un canal más claro y libre para ir hasta nuestra con­ciencia. Nuestra vida ya no está dirigida por un caballo sin control, sino por un cochero que escucha mejor las sugeren­cias del Amo. La actividad mental resulta más libre, procu­rándonos una mayor agilidad intelectual, una capacidad de concentración superior y una mayor creatividad. Es así como nuestra vida resulta más armónica, rica y satisfactoria.

Annie marquier: El poder de elegir, cap. 11