La verdad espiritual

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La verdad espiritual

Un sabio iluminado puede estar en un nivel muy elevado de conciencia y sin embargo no ser capaz de enseñar realmente, al igual que ser un gran pianista no te hace ser un gran profesor de piano. La enseñanza requiere habilidades distintas al virtuosismo.

El maestro perfecto tendría la paciencia de explicar las verdades en varios niveles contextualizándolos de tal manera que lleguen a ser evidentes por sí mismas. Esta capacidad significa que el profesor esté familiarizado con todos los niveles de conciencia y los problemas que se presentan en cada uno de ellos. Además, el maestro apoya la resolución de las dualidades inherentes y posicionamientos, de los pares opuestos resultantes, que se sitúan a las puertas de cada nivel.

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El conocimiento del profesor debe provenir solamente de la revelación interior de la verdad que acompaña y es el sello de la iluminación. Esto da lugar a una certeza inequívoca y a una autoridad innata que solo la verdad absoluta puede comunicar. El verdadero maestro aclara aquello que es conocido por medio de la Presencia (clásicamente llamada Purusha). La fuente de comprensión del maestro no proviene de fuentes externas; por lo tanto, las citas de los maestros famosos de la historia son utilizadas solamente con propósito de la clarificación por familiaridad del oyente. El maestro iluminado no necesita ninguna confirmación externa.

El profesor ideal identifica el nivel de verdad en el que se esté hablando. En la comunidad espiritual de hoy, ese nivel puede ser ahora precisamente identificado con una calibración exacta que esté sujeta a validación consensual. La fuente de comprensión del maestro es inviolable y por tanto no necesita ninguna defensa. La verdad espiritual es completa en si misma y permanece por su propio mérito. Es evidente por sí misma y no requiere de ningún acuerdo externo o apoyo de ningún tipo. La absoluta subjetividad de la verdad revelada excluye toda consideración o incertidumbre, las cuales provienen solamente del ego. Cuando el ego colapsa, toda argumentación cesa y es reemplazada por el silencio. La duda es el ego. Podríamos decir que el ego es principalmente una estructura de duda compleja que se mantienen a si misma rodando por la fabricación de problemas sin resolver, y distracciones. Cuando nos confrontamos a la aplastante certeza de la Absoluta Verdad tal como es reflejada por el Ser, el ego colapsa y literalmente muere. Esta es realmente la única muerte real posible, y solo el ilusorio yo es vulnerable a ella.

David R. Hawkins: Yo, realidad y subjetividad, cap. 1

 

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