La voluntad como herramienta

La naturaleza caprichosa y carnavalera de las actividades de la mente impide a esta convertirse en un foco fructífero de evolución espiritual. Uno puede ordenar a la mente que haga esto o aquello, pero esta se negara. Intentar controlar la mente es como un gato que intenta morderse la cola, puesto que el intento de controlar la mente tiene ya como resultado la dualidad de “controlador” y “controlado”, así como los contenidos de lo que hay que controlar y el “como” controlar.

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El único espacio desde el cual dirigir la mente es desde esa cualidad llamada Voluntad. Uno puede localizar esta área sin grandes dificultades. Mientras que la mente se ve constantemente atravesada por pensamientos, sentimientos e imágenes, la voluntad está relativamente inmóvil y fija. Tiende a mantenerse más estable y, por tanto, es más fácil aproximarse a ella. De hecho, la voluntad se fija intencionadamente en un punto, se compromete y se mantiene inamovible, a diferencia de la mente, que revolotea de aquí para allá como una mariposa nerviosa. Por tanto, el punto de vista más provechoso desde el cual aproximarse a la mente lo brinda el enfoque sobre el sentido del Yo como emanación de la voluntad. La voluntad es maleable, pero solo de manera lenta y deliberada, a través de la reflexión. Es un “lugar” viable desde el cual avanzar y explorar. La voluntad está más cerca del Yo verdadero de lo que lo está la mente ordinaria, con sus pensamientos, creencias, conceptos, ideas y emociones fluctuantes.

David R. Hawkins: El ojo del Yo, cap. 9