Liberación del resentimiento

Liberación del resentimiento y de la agresividad

El contexto de responsabilidad facilita la liberación del resentimiento y de la agresividad, de la censura, del odio y de la cólera que los acompaña. Todas esas emociones son fuente de violencia, y liberarse de ellas es una bendición. Este contexto hace el perdón instantáneo, si no superfluo.

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El sentido de la responsabilidad facilita el abandono y esto hace milagros. La forma de reaccionar de una persona; negándose a caer en la censura o el juicio, expresarse de manera adulta y ceder, permite permanecer tranquila y serena, no des­truirse con las emociones negativas y obrar eficazmente.

Es evidente que tal actitud tiene cierta madurez psicoló­gica, cierto grado de evolución. Pero si queremos cesar de sufrir, no tenemos otra solución, tenemos que crecer.

Observemos ahora las cosas de una forma más general. Cuando consideramos que una o varias personas han obrado mal con nosotros (pensamos que nos han traicionado, mani­pulado, herido, explotado, etc.) no olvidemos, al principio, que eso puede ser real o completamente imaginado en nues­tra mente a partir de nuestra propia percepción estrecha y traumática de los acontecimientos y de las demás personas. Pero el remedio es el mismo, porque así como hemos visto anteriormente, es la forma de percibir las situaciones y no la que ellas tienen realmente la que determina nuestra reacción emocional. En este caso, que el insulto sea «real» porque el error ha transgredido realmente una ley universal, o que sea imaginado en nuestra mente a causa de nuestra percepción deformada de las cosas, si experimentamos odio, cólera, re­sentimiento o un deseo de venganza en relación a esas perso­nas (porque no somos todavía unos santos para ser capaces de aceptarlo todo al instante), ¿cómo puede el contexto de responsabilidad facilitar la liberación de las emociones nega­tivas que alimentamos hacia esas personas? La cuestión es fundamental para nosotros, porque esas emociones nos destruyen.

El proceso a nivel consciente, se hará en dos etapas que es indispensable practicar juntas. No tiene ningún sentido tra­tarlas una sin la otra.

1) Reconocer que somos nosotros quienes hemos atraído esta situación tal como se presenta

Si aceptamos el concepto de responsabilidad, nos damos cuenta que si alguien nos ha «hecho daño» (real o imaginario, esto funciona en los dos casos), elegimos pensar que somos nosotros, o una parte de nosotros, quienes hemos atraído esta persona a nuestro universo, a fin de vivir esta experiencia. Si no, energéticamente hablando, no hubiera podido producir­se. Ya sea a partir de un sistema de pensamiento más o menos erróneo, consciente o inconsciente, o a partir de la voluntad de nuestro Ello con vistas a un aprendizaje evolutivo directo, es una parte de nosotros quien ha atraído esta experiencia. Recordemos que si nos negamos a aceptarlo, atraeremos to­davía una vez más el mismo tipo de situación. Es preferible pues reconocerlo enseguida a fin de hacer el aprendizaje debi­do y que esto no se reproduzca otra vez. Elegimos cesar de considerarnos como víctimas de la gente mala, y reconocemos que somos creadores de todo lo que se nos presenta en nues­tro universo.

Nos damos cuenta entonces que nadie nos ha hecho nin­gún daño sin que hayamos permitido, a nivel consciente, in­consciente o supraconsciente, que eso se presente.

En esta primera etapa podernos decir:

En este universo no hay víctimas,

solamente hay seres creadores.

Cuando nuestra víctima interior lee esto (y todos tenemos una, mejor o peor alimentada), se rebela. En efecto, acabamos de quitarle el papel que tenía hasta ahora; muy a menudo el papel principal. Acabamos de quitarle su razón de ser. ¿Qué es lo que puede hacer en esta situación, dado que no le está permitido ya sufrir la injusticia de este mundo, quejarse y censurar a los demás y a las circunstancias? ¿Debe desaparecer? Vamos a proponerle una alternativa más constructiva para utilizar su energía. Mientras tanto, se pone nerviosa, pero prosigamos.

Annie Marquier: El poder de elegir, cap. 10