Los soportes del ego

Los soportes del ego

Otro de los soportes del ego es la creencia de que es nuestra fuente de comprensión y supervivencia, y lo consideramos una fuente de información acerca de nosotros mismos y del mundo. Lo vemos como nuestro interfaz con el mundo; mecanismo que, al igual que una pantalla de televisor, nos trae el mundo y sus significados, y tememos sentirnos perdidos sin él.

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A lo largo de la vida, el ego-yo ha sido el centro de los esfuerzos de uno; de ahí que la inversión emocional en él haya sido enorme. El ego es tanto la fuente como el objeto del esfuerzo, y está fuertemente imbuido de sentimentalismo, así como de toda una gama de sentimientos, fracasos, logros y pérdidas, victorias y tragedias. Uno se obsesiona y se enamora de esta entidad, de sus papeles y sus vicisitudes. La inversión en este yo ha sido tan grande que le hace parecer demasiado valioso como para soltarlo. Nos anclamos a él por tantos años de íntima familiaridad (tantas esperanzas, tantas expectativas y tantos sueños). Uno se aferra a este “yo”, que se cree que es crucial para experimentar la vida en sí.

Además de la enorme inversión de toda una vida en lo que creemos es nuestro yo, también aparece el espectro de la muerte en el horizonte del futuro. La espantosa idea de que este “yo” está destinado a llegar a su fin resulta estremecedora. La perspectiva de la muerte como fin del “yo” parece injusta, extravagante, irreal y trágica. Hace que uno se sienta disgustado y asustado. Toda la pompa de emociones que se han vivido como consecuencia de estar vivo tiene que ser puesta en juego de nuevo, pero esta vez acerca de la muerte en sí.

La renuncia del ego como foco central de uno supone el abandono de todas estas capas de apegos y vanidades; y, con el tiempo, uno se enfrenta con la función primaria del ego: la de un control que asegure la continuidad y la supervivencia. De ahí que el ego se aferre a todas sus facultades, porque su objetivo básico, para asegurar su supervivencia, es la “razón” que hay tras su obsesión por las ganancias, el aprendizaje, las alianzas y la acumulación de posesiones, datos y habilidades. El ego dispone de innumerables  artimañas para posibilitar su supervivencia, unas vastas, otras obvias, otras sutiles y ocultas.

Para la persona medía, todo lo dicho anteriormente resulta abrumador, además de una mala noticia. Sin embargo, para aquellos que se encuentran en un avanzado estado espiritual se trata de una Buena noticia. De hecho, el ego-yo no tiene por qué morir en modo alguno; la vida no llega a su fin; la existencia no cesa; y ningún destino horrible ni trágico espera en modo alguno al término de la vida. Al igual que el ego en sí, toda esta historia es imaginaria. Uno ni siquiera tiene que destruir el ego, ni trabajar sobre él. Lo único que hay que conseguir es ¡dejar de identificarse con el ego como verdadero yo de uno!

David R. Hawkins: El ojo del yo capítulo 6

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  1. sergio 08/05/2013