Manejar tu destino I

Como dice el Libro Sagrado: «Conforme a vuestra fe os sea hecho». Y realmente es así. Siempre obtienes sólo aquello que estás listo para tener. La intención exterior cumple irreprochablemente tu pedido. Tienes lo que tienes según sean el modelo de tu concepción del mundo y la idea que tengas sobre tu propio lugar en él. Ahora ya conoces todos los principios básicos del Transurfing, por tanto puedes manejar tu destino según tu propia elección. Tu destino se formará de acuerdo con tu propia elección y fe.

 

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Cómo elegir, ya lo sabes. Falta responder a la pregunta: ¿cómo creer en todo eso? Ya te lo he dicho, no podrás convencer a la mente hasta que no la pongas ante el hecho. La mente puede fingir. También puede creer ciega y fanáticamente, pero es una fe falsa, basada en un potencial excesivo demasiado fuerte. Sucede que atribuyes un significado excesivo a la convicción misma. La mente está tan ensordecida por su fanatismo que no ve ni escucha nada. Ha metido en la funda, no sólo al alma, sino también a sí misma; por ende una fe así es ciega.

La vela mayor de la falsa fe nunca se llenará con el viento de la in­tención exterior. La falsa fe es una trampa del péndulo en el laberinto de inseguridad. Te puede parecer que has encontrado la salida del laberinto, pero en realidad sólo es una ilusión. En el fondo de tu alma lo dudarás, sin siquiera sospecharlo, puesto que te has aislado de tus dudas con la pared protectora de la fe.

¿Cómo distinguir una fe falsa de una verdadera? La fe verdadera ya no es fe, es conocimiento. Si te ves obligado a convencerte, a per­suadirte no importa cómo, por entusiasmo o por fuerza, eso significa que es una fe falsa. El conocimiento no se forma por convicción, sino por los hechos. Cuando tu mente se encuentra ante un hecho, lo sabes sin más. Una fe falsa se mantiene por el control de la mente. La mente, al estar en una habitación ilusoria del laberinto, vigila para que allí no se cuele ninguna duda. Si la mente quiere tener espe­ranzas, no desea oír nada más.

Nunca te convenzas a ti mismo y no intentes creer, de otra forma corres el riesgo de conseguir una fe falsa que sólo parece verdadera. La ilusión se revela cuando empiezas a escuchar el susurro de las estrellas de madrugada. Suelta el control de la mente y redirígelo para que reconozca el menor índice de la incomodidad del alma. Si has descubierto algún desacomodo, no hagas más intentos de con­vencerte ni exhortarte. Cuando consigas la unidad de alma y mente, no necesitarás convencerte.

Es inútil que te agotes con autoafirmaciones. La sombra de la duda no desaparecerá si te machacas con «me saldré con la mía», al contrario, encontrará terreno fértil para su desarrollo. El alma no te creerá si intentas persuadirla. El alma no comprende la lógica ni el lenguaje de la mente. Tampoco admite semitonos. Si le pregun­tas: «¿Alcanzaré mi objetivo?», te contestará «sí» o «no», pero de nin­gún modo «puede ser» o «es probable». Con una mínima sombra de duda, la respuesta será «no».

Pues bien, si el alma siente alguna duda, es imposible convencer­la o persuadirla. ¿Qué te queda para hacer? La respuesta se esconde detrás de la afirmación citada arriba: el alma no acepta semitonos. Una duda es cuando crees hasta cierto grado, pero no del todo. El alma convertirá ese «no del todo» en «del todo no». Ella no cree y no duda, ella simplemente sabe qué será: sí o no.

Por tanto es imprescindible dar un paso cardinal: echar fuera de tu plantilla la palabra «creer» y reemplazarla por la palabra «saber». Si la mente simplemente sabe que ocurrirá tal y cual cosa, el alma se pondrá de acuerdo con ella sin necesidad de persuadirla. ¿Crees que tienes ese libro en las manos? No, de eso ni se habla, simplemente lo sabes y nada más. Y donde hay fe, siempre habrá lugar para dudas.

Supongamos que existen dos variantes del desarrollo de los acon­tecimientos: resultará o no resultará. Convencerte, exhortarte de que te saldrá todo bien es inútil. Pero ahora tienes el conocimiento: tú mismo eliges tu variante. El conocimiento es aquella base sobre la cual es posible construir la seguridad en ti mismo.

Queda muy poco: obtener este conocimiento. Para eso sólo es necesario acostumbrarse al conocimiento, admitirlo. La gente, con el tiempo, se acostumbra a cualquier cosa increíble; por ejemplo, al teléfono, el televisor, el avión…. ¿Quién sabe cuántas cosas «absolutamente increíbles» hubo en  total? Aplica la técnica de las diapositivas. Es imprescindible que albergues el conocimiento en tu cabeza y lo cuides hasta que la intención exterior lo convierta en un hecho. Pero tu tarea no es convencerte, sino recordarte de vez en cuando que sabes que tu objetivo va a ser logrado.

Vadim Zeland: Adelante al pasado, cap. 3