Más allá de la ira

A medida que uno avanza espiritualmente, la ira se hace menos frecuente pero, cuando esto ocurre, es cada vez más inoportuna. Con frecuencia, se trata de impaciencia. Por tanto, se puede resolver dándose cuenta de que, en realidad, uno no está enfadado, sino que tiene prisa. El mero hecho de saber esto libera de la culpa. La ira surge de un posicionamiento, y se resuelve tomando un punto de vista diferente.

Conviene darse cuenta de que la ira no está en lo que “es”, sino en lo que “no es”. No nos enfadamos porque alguien sea egoísta o roñoso, como pensamos, sino porque no son considerados, generosos o cariñosos. Si se hace la recontextualizacion de esta manera, veremos a las personas como seres limitados, en vez de como seres malvados o equivocados. Cada persona se ha desarrollado solo hasta un punto específico en su evolución y, por tanto, es más fácil ver y aceptar la limitación en ella que la falta.

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Otra importante causa de la ira es el deseo, el no conseguir lo que se quiere. Es una ira de la infancia, que perdura en el adulto en lo que llamamos egoísmo, o núcleo narcisista, centrado en el propio ego. El ego confunde lo que se quiere con lo que se necesita, y es además impaciente. Se pasa el tiempo haciendo exigencias y queriendo cosas. En este punto focal, someter ante Dios lo que se anhela, lo que se quiere y lo que se desea trae un importante desarrollo espiritual.

El sometimiento de este núcleo egoico desencadena un rápido avance espiritual. Este es el verdadero punto focal y el origen del ego, el cual está centrado en la supervivencia. El ego considera esencial lo que desea y lo que quiere, debido a sus creencias acerca de la supervivencia. De ahí que tenga que “conseguir” o “conservar” y adquirir, porque se ve a sí mismo como algo separado y, por tanto, dependiente de fuentes de suministro externas. Estas fuentes de suministro pueden tomar la forma de energía, atención, posesiones, estatus, seguridad, protección, imagen, dinero, beneficios, ventajas y poder. Su visión primaria es la carencia, y con la carencia llega el miedo, la necesidad, la codicia e, incluso, las amenazas o la furia homicida. El miedo es su motor.

Desde el punto de vista de la consciencia y la iluminación, el reinado del miedo no cesa en tanto no se someta ante Dios el mismo deseo por la existencia. En el silencio que se origina, se comprende profundamente que la propia existencia se ha debido siempre a la presencia del Yo, que atraía del universo todo cuanto necesitaba para sobrevivir. La asignación kármica para la supervivencia asegura por tanto que esta está prevista gracias al poder de que dispone el Yo para cubrir las necesidades, por ejemplo las necesidades físicas, la respiración, la fuerza, el hambre, la curiosidad y la inteligencia.

El ego es el autor imaginario del pensamiento y la acción, y cree firmemente que su presencia es necesaria y esencial para la supervivencia. Esto se debe a que la principal cualidad del ego es la percepción y, como tal, está limitado por el paradigma de la supuesta causalidad. En este paradigma limitado de la dualidad, el “yo”, o ego, se ve a sí mismo como causa, viendo las acciones y los acontecimientos como efectos. En la Realidad, las acciones y la supervivencia tienen lugar automáticamente y son, ciertamente, autónomas. Se activan a través de la energía vital que emana del Yo, y las cualidades del universo suministran las formas. Observe, por ejemplo, que en los estados clínicos de amnesia, la vida humana continua, aun cuando la fuente de la identidad imaginada se haya perdido. Observe entonces que todo miedo es un miedo a la pérdida de identidad existencia/supervivencia.

Esto va unido a la identificación del yo y a la fuente de existencia en la vida como forma (pensamientos, sentimientos, cuerpo). Por tanto, el miedo se resuelve estando dispuesto a someter la propia existencia, en todas sus expresiones, ante Dios. Con esa rendición total, surge la conciencia de que el Yo es informe, y que la Fuente, es decir, aquel que experimenta la vida, no es la forma, sino lo informe dentro de la forma. Después, se hace obvio que la muerte, tal como se entiende normalmente, ni siquiera es una posibilidad.

No hay opuesto ni alternativa a Dios. Es el espíritu dentro del cuerpo el que dice “Yo Soy”. El cuerpo, de por sí, ni siquiera sabe que existe.

David R.  Hawkins: El ojo del Yo cap. 19