Morir para todo lo de ayer

Morir para todo lo de ayer
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Morir para todo lo de ayer

Sólo aquel que muere cada día, está más allá de la muerte.

Morir es amar. La belleza del amor no se encuentra en los recuerdos del pasado ni en las imágenes del mañana. El amor no tiene pasado ni futuro; la que los tiene es la memoria, que no es amor. El amor con su pasión está más allá del orden de la sociedad que somos cada uno de nosotros. “Uno” muere, y el amor está ahí.

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La meditación es un movimiento en lo desconocido y de lo desconocido. Uno no existe, sólo está el movimiento. Uno es demasiado pequeño o demasiado grande para este movimiento que no tiene nada detrás ni delante de sí. Es esa energía que el pensamiento-materia no puede alcanzar. El pensamiento es perversión porque es producto del ayer; está preso en las redes de los siglos y por eso es confuso, carente de claridad. Hagamos lo que hagamos, lo conocido no puede alcanzar lo desconocido. La meditación es un morir para lo conocido.

Sólo la inocencia puede ser apasionada. Los inocentes no tienen penas ni sufrimientos, aunque hayan tenido un millar de experiencias. No son las experiencias las que corrompen la mente, sino lo que dejan tras de sí, el residuo, las cicatrices, los recuerdos. Estos se acumulan, se amontonan unos sobre otros y entonces empieza el dolor. Este dolor es tiempo. Donde existe el tiempo no hay inocencia. La pasión no nace del dolor. El dolor es experiencia, la experiencia de la vida cotidiana, la vida de angustias y placeres fugaces, de temores y certidumbres. Uno no puede escapar de las experiencias, pero éstas no necesitan echar raíces en el terreno de la mente. Tales raíces originan problemas, conflictos y lucha constante. No hay otra manera de salir de esto que morir cada día para todo lo de ayer. Sólo la mente clara puede ser apasionada. Sin pasión no podemos percibir la brisa entre las hojas ni ver la luz del sol sobre el agua. Sin pasión no hay amor.

El ver es acción. El intervalo entre el ver y la acción implica pérdida de energía.

El amor sólo puede existir cuando el pensamiento está quieto. Esta quietud no puede ser, en modo alguno, fabricada por el propio pensamiento. El pensamiento sólo puede producir imágenes, fórmulas, ideas, pero esta quietud jamás puede ser alcanzada por el pensamiento. Este es siempre viejo, mientras que el amor no lo es.

El deseo y el placer terminan en dolor, y en el amor no hay dolor. Lo que sufre es el pensamiento, el pensamiento que da continuidad al placer, lo nutre y le comunica fuerza. El pensamiento busca perpetuamente el placer y, de ese modo, invita al dolor. La virtud que cultiva el pensamiento es el recurso del placer, y en ello hay esfuerzo y logro. La bondad no florece en el suelo del pensamiento sino en la libertad con respecto al dolor. La terminación del sufrimiento es amor.

Jiddu Krishnamurti: Encuentro Con La Vida