Percepción errónea de la ley del karma

Percepción errónea de la ley del karma

Percepción errónea de la ley del karma. El primer error en la forma de percibir la ley del karma es creer que funciona como un castigo o una recompensa. Creemos que si hemos cometi­do «malas» acciones en una vida pasada, deberemos pagarlo con circunstancias difíciles en esta vida, y que si fuimos bue­nos, seremos recompensados. Esto es una percepción erró­nea de la ley del karma. Ésta es una ley educativa en el mejor sentido de la palabra, y en este sentido, la noción de castigo no existe.

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En efecto, ¿a qué llamamos «malas acciones»? Son aqué­llas que no respetan las leyes naturales del universo, acciones realizadas por la personalidad y contrarias a la voluntad del Ello, acciones salidas de la separatividad y del olvido de nues­tra esencia divina.

Entonces podemos formular las preguntas siguientes: ¿Cuáles son las leyes naturales del universo? ¿Cómo librarse de la separatividad y encontrar la unidad? ¿Cómo operar de acuerdo con la voluntad de nuestro Ello? Descubriremos las respuestas en el proceso de evolución de la conciencia. Ya que no existe en ninguna parte una descripción racional de lo que es la voluntad del Ello, porque eso sobrepasa de lejos la posibilidad de comprensión de la mente; ni tampoco una lista escrita de las leyes naturales del universo, porque éstas resultan cada vez más complejas y sutiles a medida que avan­zamos en conciencia. Éste es el propósito de la evolución: descubrir, mentalizar todas las leyes naturales del universo, encontrar y experimentar la esencia misma de nuestro ser, redescubrir todos los misterios del universo a fin de dominar totalmente el universo físico tanto como el sutil, en el seno del cual vivimos, experimentamos y evolucionamos.

Con nuestra conciencia actual, ¿conocemos acaso algu­nas leyes o aspectos de la voluntad del Ello? Ciertamente, con toda la tergiversación que pueden aportar las limitaciones de nuestras conciencias actuales. Pero podemos dar algu­nos ejemplos de aproximación a ciertas leyes naturales. La mayor parte de la humanidad está de acuerdo ahora en consi­derar que la integridad física de una persona debe ser respe­tada. Matar a alguien o golpear físicamente a una persona indefensa y que no nos ha hecho nada, es transgredir una ley universal. Negar, por puro egoísmo, la ayuda a alguien necesitado es transgredir una ley universal. Robar, mentir, carecer de integridad, de amor, todo eso puede ser considerado como transgresiones de leyes universales a un nivel extremada­mente simple. Recordemos que lo que debemos refinar e in­cluir en unos sistemas más amplios no son más que aproxi­maciones y lo haremos en la medida en que nuestra propia conciencia se agrande. Podemos encontrar, en esta búsqueda de la comprensión de las leyes universales y de la experiencia de nuestra propia divinidad, todos los intentos morales que se han hecho por parte de las religiones, y que eran pasos, más o menos hábiles hacia una mentalización de esas leyes y de esta experiencia. (Por supuesto que ha habido, hay y habrá todavía muchas deformaciones, interpretaciones estrechas y erróneas, muchos falsos pasos, pero esto es debido a los lí­mites de la conciencia humana del momento y forma parte del juego; no es posible avanzar de otro modo.)

«En cuanto al karma, lo que el hombre ha hecho puede des­hacerlo. Es lo que olvidamos a menudo. El karma no es una regla estricta e inflexible. Es susceptible de cambio según la actitud y el deseo del hombre. Presenta la ocasión de cam­biar; depende de las actividades pasadas que, si se las afronta de manera justa y se las trata de forma correcta, establecen las bases de una felicidad y de un progreso futuro.» Alice A. Bailey, Exteriorización de la jerarquía.

Esto es valedero para cualquier acción, aunque nuestra limi­tada mente humana la haya juzgado «buena» o «mala». Esta acción lleva en sí cierta energía; los Señores del Karma (si queremos personificar la dinámica energética de este proce­so) tienen una percepción de una precisión absoluta y ajus­tan instantáneamente la respuesta perfecta relativa a esta acción. Esto se hace con el propósito del aprendizaje y la evolución de la persona en cuestión, odel grupo escogido, pero nunca con el fin de un castigo cualquiera. No existe nada «bueno» o «malo». Existe el conocimiento o la igno­rancia, la unidad con el Ello o la separación. La ley del karma nos conduce dela ignorancia al conocimiento, de la separa­ción a la unidad. La noción del bien y del mal ha sido una in­vención de la mente humana para intentar describir el fenó­meno más amplio de la ignorancia y del conocimiento. Esta última descripción incluso debería ser superada puesto que permanece todavía en el dominio de la dualidad. No obstante vayamos paso apaso para no correr el riesgo de tener que volver hacia atrás un día u otro.

Un segundo error, que deriva del primero, consiste en creer que debemos soportar nuestro karma. «Debo haber hecho algo malo en cierto momento dado, o bien he tenido una relación difícil, o he sembrado el desorden y el odio, así pues ahora es normal que deba pagar por eso. Deberé esperar que la mala suerte pase, y cuando haya sufrido lo suficiente, habré pagadomi deuda (una variante sofisticada de la posición de víctima).» Ahora bien, como hemos dicho más arri­ba, elkarma no existe como castigo, sino más bien como Ocasión de aprendizaje. Podemos muy bien sufrir todo lo que queramos, pero si no aprovechamos la ocasión de hacer el aprendizaje que se nos ofrece (como toma de conciencia, desarrollo de calidad u otra forma de evolución), nuestro pasado se quedará más y más con nosotros, y no haremos más que crearnos otras experiencias de sufrimiento. Así pues «soportar el karma» no arregla las cosas en absoluto. Sihay una situación kármica, esque hay algo que aprender, por lo tanto hay que hacer algo. Contentarse con sufrir esperando que pase el karma es una concepción errónea del proceso que justifica la inacción y roza la victimitis. El sufrimiento sólo es útil en la medida que nos empuja a hacer una toma de conciencia que no hubiéramos hecho sin él.

Annie Marquier: El poder de elegir, cap. VIII