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PLENITUD

Estaba pensando en lo atareados que solemos estar. Empleamos el día en mil ocupaciones. Queremos llenar los minutos, los instantes de cosas, de tareas, de entretenimiento, charlas, comidas, la casa, la pareja, los hijos, padres, reuniones, wapsap, móvil tele, etc., etc., en fin, en miles de cosas, a parte del tiempo incuestionable que se emplea en el trabajo o en el estudio. Al final, cansados, empleamos el tiempo que nos queda en dormir.

Lo veo como un calidoscopio que da vueltas cambiando las figuras y los colores, siempre en continuo movimiento, sin parar y siendo así, no hay tiempo para el pensar reflexivo, la atención o la observación de lo que nos rodea o de nosotros mismos y a pesar de todo, valga la paradoja, estamos llenos de vacíos, vacíos de verdadero contenido.

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De manera que nos percibimos a trocitos, a partes, cada una con un cometido propio.

Ayer, hablando de estas cosas con un grupo de amigos, salió la palabra “percepción” y su importancia en valorar y vivir el presente. Se comentaba que, el percibir verdadero, es aquel que nos ayuda a estar conscientes de lo que nos rodea pero sin catalogarlo, es decir, sin añadir ni poner nada a lo que vemos. Ver como aceptación, sin juicios, medidas o críticas porque sin querer, después de estas actitudes, que llegan sin más, automáticamente se emite una condena o absolución. Los pensamientos que llegan sin permiso causan esta separación. Caemos en la dualidad y salimos de nuestro centro.

Vale, percibir tiene esta aceptación, la observación impersonal, pero aún veo que de esta forma existe una dualidad que nos separa. Lo que observo y lo observado. Se forma una línea, un camino que puede ser diferente según la persona. ¿Soy capaz de mirar una flor sin catalogarla? ¿Si huele bien o tiene un hermoso color? ¿O la acepto tal cual es uniéndome en su fragancia y tonalidad? si respondo en negativo entonces  falta la comunión real con lo que veo o me rodea. Cuando observo y me uno o identifico con ello de tal manera que somos uno, entonces se ha creado la unión del ser con lo creado. La verdadera unidad, la Presencia se vive en todo, no hay separación y entonces difícilmente puede haber juicio o crítica pues todo es. Hemos alcanzado la vivencia del presente.

Pero, ¿cómo me uno a lo que observo, o siento si mis pensamientos son los protagonistas en la mayoría de las horas de un día, produciendo en mí la separación, el desorden interior, el desequilibrio de mi centro que es la vivencia del Ser?

No podemos borrar y apartar los pensamientos que nos invaden de un plumazo o solo con desear que se vayan, pues entonces estamos luchando contra ellos y en la lucha siempre hay más de un oponente. La lucha es reacción. Es mejor tener la atención bien despierta y cuando llegan dejarlos pasar sin más, así tantas veces como haga falta. Al final, cuando algo no se alimenta, perece. Entonces refulge el oro opacado por el pensar continúo: La Luz de la Presencia. Esto nos sirve tanto en la vida cotidiana como cuando oramos o meditamos. El propósito es llegar a vivenciar el Centro de nuestro Ser, la Presencia. Entonces, percibimos que existe y es la razón de todo lo que vive, es la esencia de la Vida. Así despertamos del sueño de la separación para vivir que  somos uno con todo.

Encarna Penalba