Renunciar a la culpabilidad

Renunciar a la culpabilidad

Con la culpabilidad, se pretende comprar la salvación, manipular a Dios y comprar el perdón a través del sufrimiento. Estas actitudes provienen de una idea equivocada de Dios, en la que se le ve como al gran castigador. Creemos que así aplacaremos Su justa ira, a través del dolor, el sufrimiento y la penitencia, cuando en realidad solo hay una “penitencia” adecuada para las malas acciones: cambiar. En vez de condenar lo negativo, conviene optar por lo positivo.

Hacer progresos y cambiar supone más esfuerzo que sentirse culpable, pero es una respuesta más adecuada. En la Escala de la Consciencia notamos que la culpabilidad se encuentra abajo del todo, mientras que Dios se encuentra en la cima. En consecuencia, revolcarse en el todo de la culpabilidad, en el fondo del campo de la consciencia, no nos va a llevar a la cima.

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La humildad conlleva el ver la vida como una evolución de la consciencia espiritual. Las personas aprendemos con los errores, y puede que la frase más útil a la hora de revisar nuestro comportamiento pasado sea “Parecía una Buena idea en aquel momento”. Después, evidentemente, al echar la vista atrás, se recontextualiza nuestro comportamiento y se nos muestra como un error. Sin embargo, si las demás personas son intrínsecamente inocentes, debido a que esa es la naturaleza de la consciencia, también lo será el yo del buscador espiritual.

Además de renunciar a la culpabilidad, también resulta conveniente renunciar al pecado como realidad. El error es corregible: el pecado es un error y es perdonable. La mayor parte de lo que las personas llaman pecado es un apego, un brote emocional del niño interior. Ciertamente, es el niño el que miente, roba, hace trampas, insulta y pega a los demás; de ahí que el pecado sea, en realidad, inmadurez e ignorancia acerca de la propia naturaleza de la Realidad y de la naturaleza de la consciencia. Cuando los valores espirituales sustituyen a los mundanos, disminuye la tentación y existen menos probabilidades de que se cometan errores.

David R. Hawkins: El Ojo del Yo: cap. 9