Renunciar a la mente

Renunciar a la mente

Cuando cesan los posicionamientos, uno se hace consciente de que esa era la fuente de todas sus miserias, miedos y desdichas, y de que cualquier toma de posición es inherentemente errónea. Todas las posiciones sostenidas se pueden perdonar. Debido a la programación y al contexto, parecían una buena idea en aquel momento. Todas estas ideas se basaban en la misma noción errónea de que, de alguna manera, servían para mantener la supervivencia de una identidad ego/yo separada e independiente. En realidad, cuando desaparece, no hay perdida posible, ni ganancia alguna es necesaria. La causa del dolor y del incesante sufrimiento era la ilusión en sí.

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Por su propia naturaleza, estructura y cualidades, el falso ego/yo es incapaz de alcanzar la paz o una felicidad verdadera. En el mejor de los casos, experimenta un placer basado en circunstancias cuya pérdida trae pesar y el retorno a la infelicidad. Al final, se descubre que el sacrificio de renunciar a la mente es en realidad el mayor de los dones que uno puede recibir. La recompensa excede tanto cualquier expectativa que uno pueda haber tenido previamente que resulta inexplicable. A medida que el ego se disuelve y la mente pierde su insaciable agarre sobre el sentido de identidad de uno, aparecen nuevos miedos. Sin una mente que asegure la supervivencia, ¿cómo va a sobrevivir el “yo” y continuar así la vida? ¿De qué voy a comer si no lo preveo? ¿Cómo voy a satisfacer mis necesidades vitales? ¿No es necesario el ego/mente para la supervivencia?

Todas estas preguntas se basan en las limitaciones de los conceptos de causalidad del ego/mente. Y estos, a su vez, se basan en la imaginaria dualidad de que existe una identidad pensamiento-yo que, gracias a sus pensamientos y deseos, hace que las cosas ocurran a través de las acciones. Se dice que un “aquello” ocurre como consecuencia de un “esto” en el mundo.

Por tanto, hay una separación ilusoria entre causa y efecto, entre un “yo” separado y un acontecimiento en el mundo causado por los planes y las ideas de este “yo”. De ahí que se crea que si no hay pensamientos del ego/mente que hagan que las cosas ocurran, ¿cómo se va a poder sobrevivir? Este es el origen de los miedos, la inseguridad y el enfado cuando surgen obstáculos que amenazan los planes de este imaginario mecanismo de supervivencia.

En un trabajo espiritual serio, conviene tener unas cuantas herramientas básicas y sencillas de las que se puede depender plenamente y en las que se puede confiar tranquilamente para superar el miedo y la incertidumbre. Una verdad básica de inestimable valor y utilidad es la idea de que todo temor es falso y no se basa en la verdad. El miedo se supera dirigiéndose directo hacia él, hasta que uno lo atraviesa y se encuentra con la alegría que el miedo estaba bloqueando. La alegría que sigue tras afrontar cualquier miedo espiritual proviene del descubrimiento de que no era más que una ilusión sin base real.

David R. Hawkins: El ojo del yo, cap. 7