Renunciar al acto de pensar

Renunciar al acto de pensar
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Renunciar al acto de pensar

La renuncia al acto de pensar es más fácil si se asume el punto de vista espiritual de que todos los pensamientos son vanidades, sin realidad ni valor intrínseco. Resultan atractivos por el valor exagerado que les damos al considerarlos como “malos” y, de ahí, especiales, dignos de respeto, admiración o cuidadosa conservación. Para aflojar la sujeción de la mente, se necesita una humildad radical y una disposición intensa a someter sus motivaciones subyacentes; disposición que se alimenta, que extrae su energía y su poder del amor a Dios y de la pasión por someter el amor al pensamiento ante el amor a Dios. La reluctancia a renunciar al pensamiento no solo se debe a la identificación ilusoria de los pensamientos como “malos”, sino también a que son “yo”. La mente tiende a sentirse orgullosa de sus pensamientos, como si fueran un tesoro. Convendrá darse cuenta de que el Yo es comparable al hardware o armazón principal de un ordenador, y que los pensamientos no son en realidad más que el software, programas sustituibles de origen externo.

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De todos los programas, las opiniones suelen ser muy valoradas, aunque si se las observa de forma crítica, se muestran de escaso valor. Todas las mentes tienen opiniones y más opiniones sobre todo, aun cuando no sepan nada en absoluto sobre el tema. Todas las opiniones son vanidades sin valor intrínseco, y no son más que una consecuencia de la ignorancia. Las opiniones son peligrosas para sus propios dueños porque, por su carga emocional, son desencadenantes de disensiones, enfrentamientos, discusiones y posicionamientos. No se puede sostener una opinión y, al mismo tiempo, trascender los opuestos, y para superar las opiniones hace falta una gran humildad. Cuando la mente penetra a través de su engreimiento, se percata de que en realidad no es capaz de saber nada en el verdadero sentido de lo que significa realmente saber. La mente solo tiene información e imaginaciones acerca de algo; en realidad, no puede “saber”, porque saber, conocer, es ser aquello que es conocido. Todo lo demás no es más que especulación y suposición. Cuando se trasciende la mente, no hay nada que saber porque, en realidad, el Yo es “Todo lo que es”. Ya no hay nada que preguntar. Lo que está completo no carece de nada, y esa integridad es auto-evidente en su Totalidad.

La renuncia a toda pretensión de conocimiento o de conocer algo constituye un gran alivio y se siente como un tremendo beneficio, en vez de como esa pérdida que uno tanto temía. Sin saberlo, uno era esclavo de los contenidos, y de ahí que liberarse  de la mente venga acompañado de una profunda sensación de paz y una absoluta seguridad. Cuando sucede esto, uno se siente al fin en casa, profundamente en casa, y ya no quedan dudas. No hay nada más que conquistar, nada que conseguir o en lo cual pensar. Su finalidad es absoluta, profunda, inamovible e inalterable. El inacabable fastidio de los deseos y las necesidades, así como la presión del tiempo, han llegado a su punto final revelándose su vacío.

David R. Hawkins: El ojo del yo, cap. 7

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