Unidad del alma y la mente II

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Unidad del alma y la mente II

Desconfía de quienquiera que te diga que para conseguir el éxito debes cambiar. Has tenido la ocasión de oír algo semejante, ¿verdad? Es la receta preferida de los péndulos. Dicen que, si algo no te sale, entonces debes trabajar sobre ti mismo. ¿Y cómo, desde el punto de vista de los péndulos, deberías cambiar? Darte la espalda, volverte de cara a los péndulos y seguir la regla «haz como yo», para satisfacer sus exigencias y actuar a favor de sus intereses. Y para cambiar has de luchar contra ti mismo. ¿De qué unidad del alma y la mente podemos hablar si tú no te aceptas, no te quieres y luchas contra ti mismo? El alma no admitirá los objetivos falsos, pues tiene sus inclinaciones y necesidades. Al perseguir objetivos falsos no conseguirás nada o, al conseguirlo, comprenderás que ya no necesitas lo que acabas de obtener.

El Transurfing no tiene nada que ver con los péndulos; por tanto te ofrece un camino absolutamente contrario. No cambiar, sino aceptarte a ti mismo.

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Dar la espalda a toda esa escoria que te imponen los péndulos y volver la mente hacia tu alma. Presta oído a lo que te dicta el alma, baja conscientemente la importancia, permítete tener, y obtendrás todo lo que le plazca a tu alma.

Para conducir el alma y la mente a la unidad es necesario prestar atención al estado de confort del alma más a menudo. Te sientes cómodo si en este momento nada te preocupa ni oprime, si estás a gusto y tranquilo. Una incomodidad del alma señala lo opuesto: tienes una inquietud vaga, algo te oprime, recelas de algo, te sientes agobiado, sientes un peso en el alma. Si semejantes sensaciones se revelan claramente y comprendes su origen, quiere decir que es la incomodidad de la mente. La mente, como regla general, sabe de qué recela, qué le preocupa y oprime. En este caso puedes confiar en la mente: ella te dictará una solución correcta.

Con la incomodidad del alma el asunto es más difícil, porque se revela muy vagamente como un presentimiento confuso. La mente repite: todo va a las mil maravillas, todo va como debe, no hay razón para preocuparse. Aun así, a pesar de los argumentos sensatos, algo te oprime. Precisamente eso es el susurro de las estrellas de madrugada. Escuchar la voz del alma no es muy difícil. El asunto está sólo en prestarle atención. La voz de la mente, con sus razonamientos lógicos, suena demasiado alto, por lo que uno no da mucha importancia a los presentimientos vagos y confusos. Entusiasmada por su análisis lógico y por pronosticar los acontecimientos, la mente no está dispuesta a escuchar los sentimientos del alma.

Para aprender a escuchar el susurro de las estrellas de madrugada, no hay otro camino que crearse la costumbre de prestar atención al estado de confort del alma. Cada vez que debes tomar alguna decisión, escucha primero la voz de tu mente y luego, los sentimientos del alma. En cuanto la mente haya tomado la decisión, el alma reaccionará a esa decisión ya afirmativa, ya negativamente. En el último caso experimentas un confuso sentimiento de incomodidad del alma.

¿Hasta qué punto se puede confiar en los presentimientos del alma? Si crees presentir que está por suceder un acontecimiento en concreto, puedes desconfiar de tales presentimientos. Es imposible garantizar que la mente interprete bien la información del alma. Sólo la incomodidad del alma en respuesta a la decisión tomada por la mente puede servir como única y confiable interpretación de esa información.

El confort del alma no puede servir todavía como garantía de un «sí» del alma. Puede que el alma simplemente, no tenga respuesta. Pero cuando el alma diga «no», lo sentirás con toda certeza. Como sabes de los capítulos anteriores, el alma es capaz de ver los sectores del espacio de las variantes que estarán realizados, en caso de ejecutar las decisiones de la mente. El alma ve el resultado y expresa su opinión, positiva o negativa. Por otra parte, tu propia experiencia puede persuadirte de que, si el alma dice «no», siempre lleva razón.

De esa manera, cuando necesitas tomar alguna decisión, tienes un criterio seguro de veracidad: el estado de confort de tu alma. Si el alma te dice «no», pero la mente dice «sí», recházala sin miedo, si es posible. El alma no puede desear nada malo para sí misma. Pero si la mente dice «hay que hacerlo y lo harás», en este caso actúa según las circunstancias. En la vida a veces hay que conformarse con lo inevitable. En cualquier caso, el criterio de incomodidad del alma aclara y determina los asuntos donde te sientes indeciso.

Al conseguir el acuerdo entre el alma y la mente sobre los objetivos elegidos, te queda por lograr su unidad en la firmeza de tener y actuar. La intención interior de la mente debe fundirse con la intención exterior del alma. Si actúas dentro de los límites de la intención interior y, con todo, la intención exterior está orientada en la misma dirección, considera que ya tienes el objetivo en el bolsillo. En caso de no tener definida la intención interior, cuando no ves claramente cómo puedes lograr el objetivo, trabaja con la determinación de te­ner. La intención exterior es mucho más fuerte que la interior; por tanto, ella misma encontrará una variante para ti.

Es necesario lograr la misma unidad del alma y la mente en la determinación de tener, la misma que se manifiesta en los sentimientos fuertes. El alma y la mente, como regla general, se unen en la adoración, la aversión, los temores y las peores expectativas. Amamos, odiamos y tememos de todo corazón. Cuando el alma y la mente se unen, nace una pasión frenética.

Si el objetivo está bien elegido, tanto el alma como la mente estarán contentas. Sólo pueden aguar el placer los pensamientos ocasionados por la difícil accesibilidad del objetivo o por la restringida zona de confort del alma. Cuando la mente duda en la realidad de obtención y el alma se siente cohibida en su «nuevo sillón», podemos corregir la situación utilizando diapositivas. Cómo se hace, ya lo sabes. Al aumentar la zona de confort, lograrás la alegría frenética de la unidad, cuando el alma canta y la mente se frota las manos con satisfacción.

Repetiré de nuevo: al reflexionar sobre el objetivo, no pienses en el prestigio que tiene, ni en lo difícil que es de lograr, ni en el modo en que lo puedes obtener; presta sólo atención al estado de confort de tu alma. ¿Te sientes bien o mal? Sólo eso es lo que importa. En caso contrario puedes confundir la cohibición del alma con la incomodidad del alma. La cohibición, o una especie de timidez, procede del carácter insólito de la situación: «¿Será posible que todo sea para mí?». En cambio, la incomodidad indica la opresión, la sensación de carga, la deprimente necesidad, abatimiento, recelos, la preocupación onerosa. Si la cohibición del alma no se corrige con las diapositivas, significa que se trata de una evidente incomodidad.

Entonces merece la pena que vuelvas a pensar sin intentar engañarte: ¿realmente este objetivo es tan imprescindible para ti?

Vadim Zeland: El susurro de las estrellas de madrugada, cap. III