Verdad e ilusión

Verdad e ilusión

Lo opuesto a las ilusiones no es la desilusión sino la verdad. Sólo para el ego, para el que la verdad no tiene significado, pare­cen ser las ilusiones y la desilusión las únicas alternativas, las cuales son diferentes entre sí. Pero en verdad son lo mismo. Ambas aportan el mismo cúmulo de sufrimiento, aunque cada una parece ser la única manera de escaparse de la aflicción que la otra ocasiona. Toda ilusión alberga dolor y sufrimiento entre los tenebrosos pliegues de las pesadas vestiduras tras las que oculta su inexistencia. Sin embargo, esas sombrías y pesadas vestiduras son las que cubren a aquellos que van en pos de ilusiones, y las que los mantienen ocultos del júbilo de la verdad.

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La verdad es lo opuesto a las ilusiones porque ofrece dicha. ¿Qué otra cosa sino la dicha podría ser lo opuesto al sufri­miento? Abandonar un tipo de sufrimiento e ir en busca de otro no es un escape. Cambiar una ilusión por otra no es realmente un cambio. Tratar de encontrar felicidad en el sufrimiento es una insensatez, pues ¿cómo se iba a poder encontrar felicidad en el sufrimiento? Lo único que se puede hacer en el tenebroso mundo del sufrimiento es seleccionar algunos aspectos de él, ver­los como si fuesen diferentes y luego definir la diferencia como felicidad. Percibir una diferencia donde no la hay, no obstante, realmente no cambia nada.

Lo único que hacen las ilusiones es ocasionar culpabilidad, sufrimiento, enfermedad y muerte a sus creyentes. La forma en que las ilusiones se aceptan es irrelevante. A los ojos de la razón, ninguna forma de sufrimiento se puede confundir con la dicha. La dicha es eterna. Puedes estar completamente seguro de que todo lo que aparenta ser felicidad y no es duradero es realmente miedo. La dicha no se convierte en pesar, pues lo eterno no puede cambiar, pero el pesar puede volverse dicha, pues el tiempo cede ante lo eterno. Únicamente lo eterno permanece inmutable, pero todo lo que se encuentra en el tiempo puede cambiar con el paso de éste. No obstante, para que el cambio sea real y no imaginado, las ilusiones tienen que ceder ante la verdad y no ante otros sue­ños igualmente irreales. Eso no sería diferente.

La razón te diría que la única manera de escaparte del sufri­miento es reconociéndolo y tomando el camino opuesto. Toda ver­dad es lo mismo y todo sufrimiento es lo mismo también, pero ambos son diferentes entre sí desde cualquier punto de vista, en toda circunstancia y sin excepción. Creer que puede haber una sola excepción es confundir lo que es lo mismo con lo que es diferente. Una sola ilusión que se abrigue y se defienda contra la verdad priva a ésta de todo significado y hace que todas las ilu­siones sean reales. Tal es el poder de la creencia, la cual es inca­paz de transigir. Y la fe en la inocencia sería fe en el pecado si la creencia excluyera una sola cosa viviente y le negase la bendición de su perdón.

Tanto la razón como el ego te dicen eso mismo, pero la inter­pretación que hacen de ello es completamente diferente. El ego te asegura ahora que es imposible que puedas ver a nadie libre de culpa. Y si esta manera de ver es la única que puede liberarte de la culpabilidad, entonces la creencia en el pecado no puede sino ser eterna. Pero la razón ve eso de otro modo, pues la razón ve que la fuente de una idea es lo que hace que ésta sea cierta o falsa. Esto tiene que ser así, si la idea es semejante a su fuente. Por lo tanto -dice la razón- si el propósito que se le asignó al Espíritu Santo fue ayudarte a escapar de la culpabilidad, y ese propósito le fue dado por Aquel para Quien nada que Su Volun­tad disponga es imposible, los medios para lograr ese objetivo tienen que ser más que posibles. Tienen que existir y tú tienes que estar en posesión de ellos.

Esta es una etapa crucial en este curso, pues en este punto tiene que tener lugar una completa separación entre tú y el ego. Pues si ya dispones de los medios para dejar que el propósito del Espí­ritu Santo se alcance, dichos medios pueden utilizarse. A medida que los utilices, tu fe en ellos será cada vez mayor. Para el ego, sin embargo, eso es imposible, y nadie emprende lo que no ofrece ninguna esperanza de poderse lograr. Tú sabes que lo que la Voluntad de tu Creador dispone es posible, pero aquello que tú inventaste no lo cree. Ahora tienes que elegir entre ti y lo que es sólo una ilusión de ti. No ambas cosas, sino una sola. No tiene objeto intentar eludir esta decisión. Hay que tomarla. La fe y la creencia pueden inclinarse hacia cualquiera de esas dos opciones, pero la razón te dice que el sufrimiento se encuentra únicamente en una de ellas y la dicha en la otra.

Examinemos más de cerca la ilusión de que lo que tú fabricaste tiene el poder de esclavizar a su hacedor. Esta es la misma creen­cia que dio lugar a la separación. Es la idea insensata de que los pensamientos pueden abandonar la mente del pensador, ser dife­rentes de ella y oponerse a ella. Si eso fuese cierto, los pensa­mientos no serían extensiones de la mente, sino sus enemigos. Aquí vemos nuevamente otra forma de la misma ilusión fundamental que ya hemos examinado muchas veces con anterioridad. Sólo si fuese posible que el Hijo de Dios pudiera abandonar la Mente de su Padre, hacerse diferente y oponerse a Su Voluntad, sería posible que el falso ser que inventó, y todo lo que éste fabricó, fuesen su amo.

Contempla la gran proyección, pero mírala con la determina­ción de que tiene que ser sanada, aunque no mediante el temor. Nada que hayas fabricado tiene poder alguno sobre ti, a menos que todavía quieras estar separado de tu Creador y tener una voluntad que se oponga a la Suya. Pues sólo si crees que Su Hijo puede ser Su enemigo parece entonces posible que lo que has inventado sea asimismo enemigo tuyo. Prefieres condenar al sufrimiento Su alegría y hacer que Él sea diferente. Sin embargo, al único sufrimiento al que has dado lugar ha sido al tuyo propio. ¿No te alegra saber que nada de eso es cierto? ¿No son buenas nuevas oír que ni una sola de las ilusiones que forjaste ha substi­tuido a la verdad?

Son sólo tus pensamientos los que han sido imposibles. No puede ser que la salvación sea imposible. Pero sí es imposible ver a tu salvador como un enemigo y al mismo tiempo reconocerlo. No obstante, puedes reconocerlo como lo que es porque ésa es la Voluntad de Dios.

Más allá del cuerpo que has interpuesto entre tu hermano y tú, y reluciendo en la áurea luz que le llega desde el círculo radiante e infinito que se extiende eternamente, se encuentra tu relación santa, que Dios Mismo ama. ¡Cuán serena descansa en el tiempo, y, sin embargo, más allá de él! ¡Cuán inmortal, y, sin embargo, en la tierra! ¡Cuán grande el poder que en ella reside! El tiempo acata su voluntad, y la tierra será lo que ella disponga que sea. En ella no existe una voluntad separada ni el deseo de que nada se encuentre separado. Su voluntad no hace excepciones y lo que dispone es verdad. Toda ilusión que se lleva ante su perdón se pasa por alto dulcemente y desaparece. Pues Cristo ha renacido en su centro, para iluminar Su morada con una visión que pasa por alto al mundo. ¿No querrías que esa santa morada fuese también la tuya? En ella no hay sufrimiento, sino únicamente dicha.

Lo único que necesitas hacer para morar aquí apaciblemente junto a Cristo, es compartir Su visión. Su visión se le concede inmediatamente y de todo corazón a todo aquel que esté dis­puesto a ver a su hermano libre de pecado. Y tienes que estar dispuesto a no excluir a nadie, si quieres liberarte completamente de todos los efectos del pecado.

UCDM1, cap. 22