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                                           VIDA

Conforme pasan los años es más fácil que la tristeza, la melancolía, o la pena lleguen en momentos sin avisar. Descubres que ya no sientes la misma gana por las cosas más simples que antes te hacían saltar el corazón. Esperas cada vez menos sorpresas o casi ninguna. No sé qué pasa, pero se pierde la fuerza de vivir, porque vivir es tener anhelo, levantarte por la mañana y abrir los ojos con propósitos que llevar a cabo. Es perderte en la necesidad por conseguir, ayudar, compartir, celebrar, cooperar, crear, amar, cocinar…, es verte en la mirada pura de un bebé o ayudar a memorizar  las tablas de multiplicar a tu nieto o nieta, en fin, vivir también es ser en el otro.

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Reflexionando en estas cosas de repente comprendí que no debemos sentir la tristeza que llega posiblemente con los años, porque precisamente el tiempo que vivimos es lo que nos ha hecho aprender y madurar. Reconocer que no todo se va perdiendo sino transformando, pues es bien cierto que nuestros hijos y nietos llevan en sus células y en su corazón parte de nosotros, nuestra pequeña parcela de experiencia que les legamos con todo nuestro amor para que siempre se sientan acompañados.

En mí, en ti, están nuestros abuelos, bisabuelos, y más y más. En mis manos está parte de las suyas y su trabajo. Además, lo inmaterial. Los sentimientos, los anhelos que nunca cumplieron, llegaron a nosotros para vivir otra posibilidad. En el pensar, seguro que nos regalaron sus mejores pensamientos y las neuronas más prácticas de su cerebro, aquellas que nos ayudarían a reconocernos como seres humanos para posibilitar la fraternidad entre los demás.

Su  amor o su odio seguro que se mezcló con el nuestro de origen, buscando la mejor opción, el mejor aprendizaje, el descubrimiento de que la concordia es mucho más benigna y sanadora que la venganza o el resentimiento.

En fin, creo que ahora, celebro más que nunca todo lo que recibí, descubrí y aprendí en esta posibilidad que llamamos vida. Todo un regalo. Mil amaneceres, preámbulos de mil días con todas las opciones para aprender a amar. Y creo que en cierta medida podemos conseguirlo.

 ¡Hay tanto por descubrir! ¡Tanto que dar y recibir!

Lo que importa es la calidad de las experiencias y no la cantidad, pues muchas pueden llegar a aturdirnos y perder el norte. El alma humana necesita también y sobre todo, un ritmo pausado para reconocerlas.

Por ello, enfatizo la necesidad de vivir consciente cada momento en la mayor paz que podamos encontrar. Gracias a meditar sobre todo esto, he descubierto que la belleza que ofrece el océano de nuestra consciencia, con su multitud de colores,  solo puede percibirse cuando el mar está en calma y no cuando hay tempestad y viento en las experiencias. Y también que, cuando el mar está más calmado aún, ya no se distinguen los colores ni los peces, solo el agua, nada más… y el silencio. La verdadera Vida está más allá de lo que llamamos vida.

Encarna Penalba