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Al menos las personas de mi generación, cuando hemos querido buscar una espiritualidad profunda que nuestra alma reclamaba, pero que las formas estereotipadas de la religión en la que fuimos educados eran incapaces de proporcionarnos, hemos tenido por necesidad que volvernos hacia la luz de Oriente.

Es mucho lo que hemos aprendido. Hemos encontrado sistemas completos de desarrollo personal, libres del sentimiento de culpa en que se basaba nuestra motivación ética. Sobre todo, nos hemos dado cuenta que la espiritualidad – el sentimiento de unicidad con el Fundamento Divino de la realidad, llámese como se llame – no es patrimonio exclusivo de ninguna aproximación o vía, sino un estado de conciencia alcanzable por todos, de hecho el estado de ser humano realizado.

No hay nada mejor que salirse de los lugares comunes para gozar de nuevas perspectivas. Podemos entonces descubrir que lo que habíamos encontrado en otras tradiciones se halla también en la nuestra, siempre que escarbemos lo suficiente en busca de sus verdaderas raíces.
¿Y cuáles son estas raíces? ¿Cuál es la esencia de nuestra tradición? Para responder a estas preguntas hemos de empezar por remontarnos suficientemente lejos para ver si podemos mirar con nuevos ojos el  paisaje que, por otra parte, siempre habíamos contemplado. Para ello vamos a adoptar el modo de visión de la Cabalá, la tradición esotérica de cuyo núcleo han brotado las grandes religiones monoteístas de nuestro entorno cultural y que, además, constituye el fundamento de la llamada Tradición Occidental de los Misterios, con sus componentes místicas, mágicas y herméticas.
Tomemos, por ejemplo, un personaje bíblico arquetípico, como el patriarca Abraham – Abraham abinu, nuestro padre – y veamos si podemos, usando la metodología cabalística, aprender algo que nos ayude en nuestra búsqueda.
Como ocurre con tantos personajes de la Biblia, parece que su vocación es algo gratuito, ya que toda referencia a un trabajo personal queda convenientemente suprimida. Sin embargo, el midrash considera que Abram (tal era su nombre antes de que Dios introdujera en él la letra H del Nombre Divino YHVH) tuvo que superar diez pruebas iniciáticas en correspondencia con las diez sefirot del Árbol de la Vida. Todo
ello aparece vestido en el texto con el ropaje de historias corrientes, mas como muy adecuadamente recuerda el Zohar (el gran libro de interpretación cabalística de la Torá – el Pentateuco – publicado en la España del siglo XIII):
“¡Ay del hombre que dice que la Torá presenta meros relatos y palabras corrientes, porque, si este fuera el caso, nosotros mismos en la actualidad podríamos componer una torá y hacerlo aún mejor!” Así se lamenta el autor por boca de Rabí Shimón Bar Yojai (1). Y continúa explicando que la Torá tiene un cuerpo, que son los preceptos, el cual aparece cubierto con los ropajes de las narraciones de este mundo. Es de necios mirar sólo a los vestidos, porque su valor reside en el cuerpo, y el de éste a su vez en el alma: “Los que saben algo más miran al cuerpo debajo de la ropa. Pero los sabios, los [auténticos] servidores del Rey Supremo, los que estuvieron en el monte Sinaí, miran sólo al alma, que es el fundamento de todo, la verdadera Torá. [Pero todavía hay un más allá] y en la vida futura están destinados a contemplar el alma del alma de la Torá.”
De hecho son cuatro los niveles de interpretación de la Torá (la Biblia): el significado literal, el alegórico, el metafísico y, por último, el significado místico, llamado también Sod, secreto, simplemente porque es incomunicable por esencia. Cada uno de estos significados está en correspondencia con uno de los cuatro mundos o niveles de existencia – o modos de conciencia, diríamos en un lenguaje más actual – en que la Cabalá considera que se estructura la Realidad. El mundo supremo – el nivel del sod – es el plano también llamado Divino, y es el objeto último de toda la búsqueda y especulación cabalística.
La tradición señala a Abraham como el autor del Séfer Yetsirá, el llamado Libro de la Creación. En el Séfer Yetsirá, el primer tratado cabalístico conocido, aparecen ya los elementos fundamentales de lo que después van a ser la teoría y práctica de la Cabalá: los Nombres de Dios, las sefirot o dimensiones de lo real, las letras y su proyección creativa, las correspondencias con el macrocosmos, el tiempo y el cuerpo vital humano, las técnicas de meditación, etc. Se ha dicho que si todos los libros de Cabalá desaparecieran salvo una copia del Séfer Yetsirá, todo podría ser reconstruido.
Abram había salido de Ur Kasdim, la luz de los caldeos (Ur, en hebreo, tiene exactamente las mismas letras que Or, luz). La tradición dice que Abram era astrólogo (conocimiento caldeo) y sabía por las estrellas que no podía tener hijos: “¿Qué me darás si yo ando sin hijo…?” (Gen 15:2). “Y le sacó (Dios) afuera y le dijo: Mira ahora a los cielos y cuenta las estrellas…” ¿Adónde le sacó para que hiciera algo tan trivial como contar los pocos miles de estrellas que se ven a simple vista? En realidad, le sacó afuera de la bóveda celeste para contemplar las estrellas desde arriba. Es decir, le sacó de la influencia de la necesidad, de la ley natural representada por las influencias astrales, para anunciarle algo imposible según ellas: su descendencia.

Quizá no se ha pensado lo suficiente en que cronológicamente Abraham era contemporáneo de la Torre de Babel y que conservó, por tanto, el conocimiento de la lengua original, la lengua sagrada (el simbolismo universal codificado en el alfabeto hebreo), esa lengua de la que Dios dijo: “He aquí un pueblo y una lengua… nada será imposible para ellos”.
Que Abraham era un maestro en estas técnicas queda explicitado en el último párrafo del Séfer Yetsirá, que dice: “Y cuando Abraham, nuestro padre, que descanse en paz, miró, vio, entendió, escrutó, grabó, talló [técnicas meditativas de manipulación de letras] tuvo éxito en la creación [es decir, las dominó con resultados concretos] tal y como está escrito: Y las almas que había hecho en Jarán…”.
Esta última cita del Génesis se aplica a la emigración de Abraham desde Jarán a Canaán y se interpreta comúnmente como que Abraham llevó consigo a los conversos a la religión del Dios único que había conseguido en Jarán. Cabalísticamente, sin embargo, el texto se refiere a que mediante las técnicas aludidas antes había creado un golem, una metáfora del cuerpo de luz o de sabiduría (ya que el valor numérico de la palabra golem – según la técnica de la guematria – es 73, el mismo que el de Jojmá, Sabiduría). De hecho, en el texto se usa la palabra alma, néfesh (alma), en singular (en vez de nefashot, plural), aunque se traduce de forma colectiva como gente, o almas.
¿Qué otro sentido pueden tener las correspondencias de las letras hebreas propuestas en el Séfer Yetsirá con los distintos órganos y partes del cuerpo (de hecho con su componente astral) sino el de – en correspondencia con las fuerzas cósmicas, establecidas según las correspondencias estelares de las letras – autogenerarse meditativamente como el Adam (hombre/mujer) celeste arquetípico, tal como está escrito en el texto: “y haz que el Creador se siente en su base (o lugar: Vehashab Yotser al mejonó)”?
Se considera que la visión profética del Trono Divino con el Hombre sentado en él (2) – el llamado Kabod, la Gloria o Presencia Divina – es la culminación de la maasé merkabá, la parte de la Cabalá que trata de las técnicas meditativas y extáticas (en complementaridad con la parte de especulación filosófica y teosófica – maasé bereshit – y con la parte mágica llamada cabalá maasit). Y cuando los cabalistas medievales – siguiendo precisamente las técnicas de meditación con las letras – accedían a este estado descubrían que el rostro que veían en el hombre sentado en el trono era el suyo propio, es decir, eran capaces de realizar la naturaleza divina de su Yo superior.
Mas no es simplemente una visión o experiencia lo que se pretende, sino más bien la profunda transformación interior que surge de la dedicación a la tarea de actualizar esa forma divina que constituye nuestra esencia. Tal es la conexión luminosa que Abraham Abinu (nuestro padre) transmitió para todo el género humano. Y es que no hay Cabalá sin compromiso: puesto que tanto el mundo como el propio ser humano – y por supuesto el yo – están contenidos y creados por ese lenguaje sagrado (que procesa el campo unificado de conciencia/energía llamado En Sof Or, la Luz infinita), el utilizarlo es por necesidad actuar sobre sí mismo y el mundo. 
La meta es la devekut, la adhesión a la Fuente Divina. La devekut es un mandamiento de la Torá: “ A Él te adherirás” (Deut 10:20). En realidad, la traducción clásica de la palabra devekut como adhesión es semánticamente un poco débil. Más bien se trata de una verdadera unión, un pegado permanente de forma que ambas partes se tornan inseparables.
Los que alcanzan este grado, aun estando vivos gozan de la vida eterna, pues se han hecho morada de la Presencia. Y, sin embargo, esta es la verdadera vocación del ser humano, su herencia, la Tierra Prometida arquetípica, que Dios juró a Abraham que daría a su descendencia espiritual, es decir, a nosotros, a cualquiera que se esfuerce verdaderamente por alcanzarla.

1 Un sabio del siglo II a quien el texto presenta como el verdadero autor del libro. Zohar III, 152 a.

2 Ezequiel 1:26

Eduardo Madirolas