El camino del Maestro

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El camino del Maestro

Para emprender el camino del Maestro hay que dejar de identificarse con el ego. Para ello, son varios los pasos fundamentales que hay que dar. Uno de los primeros es adoptar “la posición de testigo”, actitud que ha sido recomendada desde siempre en todas las verdaderas disciplinas espirituales. También se le ha dado otros nombres, como vigilancia, observación, llamamiento a sí mismo (Gurdjieff), presencia, etc. Es una actitud interior, una posición de la conciencia que nos lleva a observar nuestras reacciones mentales, emocionales y físicas. El contenido del inconsciente automático, de las memorias activas, se revela en cada instante a través de nuestras reacciones. Pues bien, en lugar de actuar de modo instantáneo, ciego y automático a partir de cualquier pensamiento o reacción emocional, se trata de mirar, de observar la máquina antes de actuar. Conociendo el mecanismo de las tres P (pánico, placer, poder) y sus consecuencias destructivas, observamos cómo actúan en lo cotidiano cuando emergen en nuestra conciencia. Tomamos distancia y observamos en qué medida están o no en concordancia con lo que queremos verdaderamente.

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Observar no quiere decir negar o rechazar. Significa reconocer lo que está ahí para ser más conscientes de los riesgos que conlleva el funcionamiento automático de la máquina; y así evitar, en la medida de lo posible, que nuestra vida sea dirigida por viejos sistemas inadecuados. La observación debe hacerse con mucho amor y compasión por uno mismo, incluso con humor y, sobre todo, sin juzgar. Un testigo no es un juez.

Es muy fácil comprender esa actitud interior, aunque llevarla a la práctica continuamente no es tan fácil. Pero es inevitable. Hay que hacerlo. Es la llave que abre la puerta a la liberación de la tiranía del ego, porque es el reconocimiento consciente de que no somos la máquina, de que la tenemos para ponerla al servicio del alma. El simple hecho de adoptar la posición de testigo hace que empecemos a identificarnos con algo diferente a la máquina, con algo que nos acerca a la conciencia del Maestro. Es una práctica progresiva de la presencia amante e inteligente del corazón que debe uno realizar con mucha paciencia, dulzura y amor hacia sí mismo y hacia su máquina. Si observamos que a veces nos arrastra hacia el mecanismo inferior (unas notas desafinadas) no haremos de ello un drama. Servirá para darnos cuenta de que todavía tenemos cosas que trabajar, que sanar y desarrollar interiormente, y pondremos los medios para hacerlo. Cualquier método de desarrollo interior se apoya ante todo, de un modo u otro, en la posición de testigo riguroso y al mismo tiempo flexible y compasivo.

Annie Marquier: El Maestro del corazón: cap. 17

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