Principio de responsabilidad

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Principio de responsabilidad

El principio de responsabilidad abre la puerta a la aceptación y al amor propio, y facilita el perdón a uno mismo. Sabiéndonos en evolución, en un proceso perfectamente ordenado, cesamos de pretender ser de otra forma de lo que somos, o de estar en otra parte de la que estamos. Aceptamos nuestro estado actual y obramos para cambiarlo si lo encontramos insatisfactorio o insuficiente. Reconocemos los lími­tes de nuestra conciencia actual y trabajamos para ampliar cada vez más esta conciencia con el fin de vivir más en paz con nosotros mismos y con el universo. Esta aceptación no tiene nada que ver con la sumisión. Por el contrario, nos per­mite tener toda la energía necesaria para obrar y hacer nuevas elecciones. Sabemos que tenemos el poder de elegir.

 

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Retomaremos la imagen dada anteriormente: cuando es­tamos en la escuela primaria no tiene sentido despreciarse por no estar en la escuela secundaria. Cuando estamos en la primaria, lo mejor que podemos hacer es aprender lo que se debe aprender y después celebrar nuestro año escolar. Pa­sando el tiempo llegaremos con naturalidad a la escuela se­cundaria. En cambio, si nos resistimos al hecho de estar en la escuela primaria, juzgándonos y reprochándonos por no es­tar en un curso más avanzado, en esa resistencia perdemos toda nuestra energía y no aprendemos el programa con el riesgo de repetir el curso.

Otra forma de la falta de la propia estima es el orgullo o la vanidad. Nos creemos muy avanzados y más evolucionados que los demás. En ese caso, nos negamos a reconocer natural y simplemente dónde estamos en este momento, en la escuela primaria por ejemplo. Intentamos hacer creer a todo el mundo que estamos en la secundaria sintiéndonos superiores a los que todavía están en las clases inferiores. Perdemos el tiempo Y también las verdaderas ocasiones de aprendizaje. De esa forma estaremos mucho más tiempo… en la escuela primaria. Cuando nos demos cuenta que tenemos todos el mismo poder y que cada uno hace su camino a su manera y con su tiempo, no nos será necesario compararnos con los otros o intentar ser de otro modo que del que somos. Podemos entonces utilizar al máximo las oportunidades de crecimiento que la vida nos ofrece.

Podríamos también ilustrar este punto comparándonos a un escultor que está esculpiendo una estatua. El escultor so­mos nosotros, nuestro propio Ello, y construimos una esta­tua, nuestra personalidad. Esta se encuentra en proceso, no está terminada; hemos vuelto a esta vida para completarla. Es entonces posible que le falte todavía una oreja, y que la mitad de la cara aún no tenga forma. Sería completamente ridículo para el escultor tener vergüenza de su estatua, detestarla, juzgarla o maltratarla por no estar terminada. Sería igual­mente ridículo ocultarla y gastar todas las energías para hacer creer a los demás que está terminada. Si quiere que su obra termine siendo algo realmente hermoso, le basta simplemen­te con quererla y trabajarla más todavía. Eso es evidente en el caso del escultor, quien en general disfruta mucho cuando crea su obra.

Estamos en la misma situación con respecto a nuestra personalidad. Sería ridículo exigirnos que sea perfecta y ter­minada, puesto que si vivimos la vida presente, es precisa­mente para completarla. Es inútil tener vergüenza de nuestra personalidad «imperfecta»: todavía no está completamente a punto. Es igualmente inútil intentar hacer creer a los demás que es perfecta poniéndole una sábana por encima, es decir ocultando nuestros errores, nuestras debilidades, nuestra humanidad, haciendo creer al mundo que somos perfectos, que todo va bien, y todo está lleno de armonía. Nadie se deja engañar, ni nosotros mismos, ni los otros. Antes que creer que todo el mundo es perfecto y que todo el mundo es amable —a nivel de la personalidad está muy lejos de ser verdad y es completamente normal— vale más reconocer sincera y naturalmente el trabajo que queda por hacer, porque esto nos Permitirá avanzar. Es pues completamente inútil lamentar­nos y sentirnos culpables porque nuestra estatua no esté terminada e igualmente inútil compararla a otras más avanzadas que han empezado el trabajo antes que nosotros o enorgulle­cernos de nuestro avance frente a los que han empezado más tarde. Miremos nuestra estatua bien de frente y pongámonos a trabajar para hacerla todavía más bella.

Esta actitud nos permite aceptar los errores y las faltas de nuestra personalidad y nos incita a trabajar para mejorar nues­tro vehículo. No olvidemos que lo que somos verdaderamente es decir nuestro Ello, es perfecto, y que no es más que nuestro vehículo de manifestación el que todavía no está a punto.

Reconociendo y aceptando simplemente las imperfecciones de nuestra personalidad como formando parte de nuestro aprendizaje, resulta mucho más fácil aceptarnos tal como so­mos, amarnos, tener compasión de nosotros mismos, perdonarnos. Cuanto más aceptemos nuestra estatua en su estado presente, más la querremos tal como es sabiendo lo que llegará a ser, y más fácil y agradable nos será trabajarla y menos la despreciaremos por no estar terminada.

El perdón a uno mismo y la aceptación de uno mismo son esenciales para una buena salud moral. No hay actitud más in­útil y destructora que golpearse la cabeza (destruimos nuestra estatua cuando le damos golpes…)

Annie Marquier: El poder de elegir, cap. 10

 

 

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