Felicidad

Felicidad

Nadie, cree que el Hijo de Dios sea impotente. Y aquellos que se ven a sí mismos como impotentes deben creer que no son el Hijo de Dios. ¿Qué podrían ser, entonces, sino su enemigo? ¿Y qué podrían hacer sino envidiarle su poder, y, como consecuencia de su envidia, volverse temerosos de dicho poder? Éstos son los siniestros, los silenciosos y atemorizados, los que se encuentran solos e incomunicados, y los que, temerosos de que el poder del Hijo de Dios los aniquile de un golpe, levantan su impotencia contra él. Se unen al ejército de los impotentes, para librar su guerra de venganza, amargura y rencor contra él, a fin de que él se vuelva uno con ellos. Y puesto que no saben que son uno con él, no saben a quién odian. Son en verdad un ejército lamentable, cada uno de ellos tan capaz de atacar a su hermano o volverse contra sí mismo, como de recordar que una vez todos creyeron tener una causa común.

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El ejército de los impotentes es en verdad débil. No tiene armas ni enemigo. Puede ciertamente invadir el mundo y buscar un enemigo. Pero jamás podrá encontrar lo que no existe. Puede ciertamente soñar que encontró un enemigo, pero éste cambia incluso mientras lo está atacando, de modo que corre de inme­diato a buscarse otro, y nunca consigue cantar victoria. Y a medida que corre se vuelve contra sí mismo, pensando que tuvo un pequeño atisbo del gran enemigo que siempre elude su ata­que asesino convirtiéndose en alguna otra cosa. ¡Cuán traicionero parece ser ese enemigo, que cambia tanto que ni siquiera es posible reconocerlo!

El odio, no obstante, tiene que tener un blanco. No se puede tener fe en el pecado sin un enemigo. ¿Quién, que crea en el pecado, podría atreverse a creer que no tiene enemigos? ¿Podría admitir que nadie lo hizo sentirse impotente? La razón seguramente le diría que dejase de buscar lo que no puede ser hallado. Sin embargo, tiene primero que estar dispuesto a percibir un mundo donde no hay enemigos. No es necesario que entienda cómo sería posible que él pudiese ver un mundo así. Ni siquiera debería tratar de entenderlo. Pues si pone su atención en lo que no puede entender, no hará sino agudizar su sensación de impotencia y dejar que el pecado le diga que su enemigo debe ser él mismo. Pero deja que se haga a sí mismo las siguientes preguntas con respecto a las cuales tiene que tomar una decisión, para que esto se lleve a cabo por él:

¿Deseo un mundo en el que gobierno yo en lugar de uno que me gobierna a mí?

¿Deseo un mundo en el que soy poderoso en lugar de uno en el que soy impotente?

¿Deseo un mundo en el que no tengo enemigos y no puedo pecar?

¿Y deseo ver aquello que negué porque es la verdad?       

Tal vez ya hayas contestado las tres primeras preguntas, pero todavía no has contestado la última. Pues ésta aún parece temi­ble y distinta de las demás. Más la razón te aseguraría que todas ellas son la misma. Dijimos que en este año se haría hincapié en la igualdad de las cosas que son iguales. Esta última pregunta, que es en verdad la última acerca de la cual tienes que tomar una decisión, todavía parece encerrar una amenaza para ti que las otras ya no poseen. Y esta diferencia imaginaria da testimonio de tu creencia de que a lo mejor la verdad es el enemigo con el que aún te puedes encontrar. En esto parece residir, pues, la última esperanza de encontrar pecado y de no aceptar el poder.

Considera detenidamente qué respuesta vas a dar a esa última pregunta que todavía no has contestado. Y deja que la razón te diga que debe ser contestada, y que su contestación reside en las otras tres. Te resultará evidente entonces que cuando observes los efectos del pecado en cualquiera de sus formas, lo único que nece­sitarás hacer es simplemente preguntarte a ti mismo lo siguiente:

¿Es esto lo que quiero ver? ¿Es esto lo que deseo?

Ésta es tu única decisión, la base de lo que ocurre. No tiene nada que ver con la manera en que ocurre, pero sí con el por qué. Pues sobre esto tienes control. Y si eliges ver un mundo donde no tienes enemigos y donde no eres impotente, se te proveerán los medios para que lo veas.

¿Por qué es tan importante esta última pregunta? La razón te dirá por qué. Es igual a las otras tres, salvo en lo que respecta al tiempo. Las otras son decisiones que puedes tomar, volverte atrás y luego volverlas a tomar. Pero la verdad es constante e implica un estado en el que las vacilaciones son imposibles. Puedes desear un mundo en el que tú gobiernas y no uno que te gobierna a ti, y luego cambiar de parecer. Puedes desear inter­cambiar tu impotencia por poder, y luego perder ese deseo cuando un ligero destello de pecado te atrae. Y puedes desear ver un mundo incapaz de pecar, y, sin embargo, permitir que un «enemigo» te tiente a usar los ojos del cuerpo y a cambiar de parecer.

Nadie decide en contra de su propia felicidad, pero puede hacerlo si no se da cuenta de que eso es lo que está haciendo. Y si él ve su felicidad como algo que cambia constantemente, es decir, ahora es esto, luego otra cosa, y más tarde una sombra elusiva que no está vinculada a nada, no podrá sino decidir en contra de ella.

La felicidad elusiva, la que cambia de forma según el tiempo o el lugar, es una ilusión que no significa nada. La felicidad tiene que ser constante porque se alcanza mediante el abandono del deseo de lo que no es constante: La dicha no se puede percibir excepto a través de una visión constante. Y la visión constante sólo se les concede a aquellos que desean la constancia. El poder del deseo del Hijo de Dios sigue siendo la prueba de que todo aquel que se considera a sí mismo impotente está equivocado. Desea lo que quieres, y eso será lo que contemplarás y creerás que es real. No hay un solo pensamiento que esté desprovisto del poder de liberar o de matar. Ni ninguno que pueda abando­nar la mente del pensador, o dejar de tener efectos sobre él.

UCDM cap. 21, VII