El Camino del Corazón

Tradicionalmente, hay dos caminos hacia la realización del Ser. El camino del conocimiento y el del corazón. Son muy diferentes, pero ambos conducen a la misma verdad. El camino del conocimiento lleva a un momento de entendimiento, cuando te das cuenta de que la estructura “mi vida” que has estado construyendo durante muchos años, no existe, que siempre fue una ilusión.
El camino del corazón ―devoción― conduce a la verdad a través de la entrega. Constantemente entregas a la existencia todo lo que conoces como “yo”. Constantemente lo arrojas todo al fuego. Por este camino llegas a la misma verdad. Debido a muchas pequeñas renuncias, este gran “yo”, la ilusión, se consume en el fuego y, en ese momento, deja de existir. Por ambos caminos se descubre que el ego, el falso ser, no existe. Los dos conducen a la muerte absoluta del “yo”.

Observar es mejor que pensar

“Una persona que piensa todo el tiempo, no tiene más en qué pensar que en los pensamientos mismos, de esta manera pierde el contacto con la realidad y está destinado a vivir en un mundo de ilusiones”, afirma Alan Watts —filósofo del espíritu y uno de los principales responsables de acercar el budismo zen al pensamiento occidental— en una iluminadora conferencia.

El proceso impersonal de la desidentificación

El entendimiento y la vida no están separados. El entendimiento aporta un cambio definido en nuestra vida y en el vivir, y ese cambio es tan natural y espontáneo, que con frecuencia no nos damos cuenta del mismo. Curiosamente, ese cambio sólo lo reconocerán los demás. Puesto que actúas con naturalidad, con normalidad, pero lo más esencial es que no esperas ningún cambio. Por consiguiente, éste se produce. El cambio se produce y los demás se dan cuenta. ¿Cómo lo sabes? Sigues haciendo lo que hacías antes, pero sin ansiedad ni deseo. De alguna manera, eso se transmite a las personas con las que estás en contacto.

YO SOY

Yo soy. Yo pienso. Yo quiero. Mis manos… mi espíritu… mi cielo… mi bosque… esta tierra mía… ¿Qué debo añadir? Estas son las palabras. Esta es la respuesta.
Estoy aquí de pie, en la cumbre de la montaña. Levanto mi cabeza y extiendo mis brazos. He aquí mi cuerpo y mi espíritu, he aquí el fin de la búsqueda. Deseaba conocer el sentido de las cosas. Yo soy el sentido. Deseaba encontrar un permiso para existir. No necesito permiso alguno para existir; ni que me den el visto bueno para vivir. Yo soy el permiso y el visto bueno.

La maravillosa imposibilidad de «amarte a ti mismo»

Creo que todos hemos escuchado que para amar realmente a otra persona y tener una relación satisfactoria, primero debemos amarnos a nosotros mismos. Y es verdad. ¿Pero de qué «nosotros mismos» estamos hablando? Por más que lo intentemos, este yo personal e individual puede ser una cosa muy difícil de amar. Podemos pasar muchos años en terapia, leyendo libros de auto-ayuda, yendo a maestros, curanderos, talleres y retiros, todo para aprender a «amarnos a nosotros mismos». Y después de todo este tiempo y esfuerzo, la pregunta sigue siendo: «¿Realmente me amo a mi mismo?» Y si somos honestos, la respuesta solo puede ser: «No estoy seguro».

El Sentido de Separación en el cuerpo

El sentido de separación comienza con un pensamiento que identifica exclusivamente a nuestro ser con un cuerpo. Desde el momento en el que este pensamiento surge —y siempre surge ahora— nuestra verdadera naturaleza de presencia transparente parece convertirse en un denso, sólido y material yo, es decir, parece convertirse en un cuerpo.
No sólo nos limitamos a pensar que somos un limitado y localizado yo, sino que también lo sentimos.

Cómo nuestras creencias «crean» nuestra realidad

Esta última reflexión, nos remite al yo superficial. Este, es la autoimagen y el conjunto de ideas y creencias en los que asentamos erróneamente el sentido básico de nuestra identidad.
Pensemos en cómo, cuando éramos aún muy pequeños, empezamos a asumir del exterior, a modo de creencias incuestionables, ciertas consignas que definían cómo debían ser las cosas y, muy en particular, cómo teníamos que ser, sentir y pensar (lo decisivo no parecía ser «quiénes éramos,» sino el que fuéramos «de una determinada manera» y no de otra).